Quito o el desatino de un modelo urbano

Por: Santiago Cadena Montaluisa.

El Quito metropolitano, ciudad en la cual nos desenvolvemos cotidianamente, es un territorio dominado por el capitalismo, un campo de guerra, una estampida que en menos de diez años ha producido la forma de hacer política urbana entorno al hábitat generando grandes impactos en el plano social; que permiten y fortalecen la reproducción de las distintas formas de dominación mediante el uso cotidiano y diferenciado del espacio.

Las políticas públicas tanto del gobierno central como del local, han logrado separar las nociones de naturaleza y espacio urbano, este último, como bien apuntaba Lefebvre, es utilizado como instrumento político por los tecnócratas para hacer de las ciudades lugares de acumulación del capital, pasando por alto las necesidades de las personas que las habitan.

Nuestras ciudades están atiborradas de edificios dentro de los perímetros urbanos de la ciudad. So pretexto de ser Quito una ciudad moderna se ha entregado contratos y permisos de construcción a capitales nacionales y extranjeros, que amparados en un cruel concepto de “resiliencia” pretenden que los habitantes de la ciudad nos resignemos a los cambios. Las autoridades no han pensado en: agricultura urbana y en comunidad, ciudades incluyentes para peatones y bicicletas, ciudades seguras para mujeres, niñxs, les falta dar prioridad al servicio de transporte público, lograr presupuestos y obras con carácter participativo entre otras cosas.

Además estas políticas han separado el espacio rural y urbano, negando en esta práctica el derecho a la tierra, a la ciudad y a la vivienda. No existe una política de movilidad urbana segura e inclusiva.

Donde hay una necesidad, hay un derecho.

Quito posee -no son muchos, pero posee “vacíos urbanos” que han sido aprovechados, por individuos que son parte de los cien millones de personas sin techo que hay en el mundo y que se ven obligados a “okupar” estos espacios y a dotarlos de vida.

“La Maraña” fue uno de aquellas zonas de afinidad entendida a partir de la pertenencia a una comunidad, una comunidad libre, “libre y salvaje”. En un barrio en el centro sur de la ciudad de Quito (San Diego), ahí se consolidó lo que más adelante sería “La Turbina”, un espacio en el que un grupo de jóvenes dieron vida a un proyecto autogestionado con actividades como: apertura de bibliotecas, jornadas de liberación de la tierra, conciertos solidarios y antifascistas, comida vegetariana, una sala de ensayo para las bandas musicales. En resumen jóvenes con un gran sentido de pertenencia a su comunidad y que pretendían transformar la vida a través de la resistencia urbana. Donde antes se fabricaba harina, ahora se fabrican ideas, – bien podría haber sido su slogan- pero el 16 de junio de 2016 se produjo su desalojo.

Al otro lado de la urbe se encuentra “La Casa del Árbol”, una casa que aunque no es “okupada”, se disputa día a día, mes a mes su existencia, en un barrio en que el gran capital espera voraz usar ese predio para hacer de la gentrificación el estandarte de la modernización de la ciudad.

Hay algo común en estos espacios “liberados”; superar todo tipo de autoritarismos y llevar la práctica asamblearia y autogestiva a todas sus actividades, hacer lo que John Holloway denomina “grietas en el tejido capitalista, para atacarlo por diferentes frentes”. El reto siempre es crear alternativas de vida al capitalismo.
Territorios autónomos y al margen del poder en Quito siempre han existido, “La Hueca” en el barrio Carcelén Bajo era una apuesta colectiva, otra historia tejida a fuerza de trabajo comunitario que un día el municipio de Quito decidió desalojarlo e institucionalizar la iniciativa. Hoy “La Casa Uvilla”, un proyecto similar, diariamente construye quimeras y utopías desde el arte comprometido. El “Nina Shunku” y “Kitu Tambo” son otros; quién diga que en Quito no hay espacios “okupados”, debería incrustarse un poco más en la movida subterránea alternativa y contracultural.
A lo largo de la historia hubo otros lugares menos “okupados” que están y estuvieron; el Centro Social Pachacamac, La libre, La Casa Rosa, Pukayana, La Casa del Obrero, Centro Cultural Rompecandados, La Casa Rasta, El Centro del Mundo y otros tantos que se me quedan en el tintero pero que han sido importantes por el legado de autogestión que han dejado en al ciudad.

De transgresiones y utopías

El urbanismo en Quito es cada vez más agresivo; demuelen parques para hacer paradas de metrobuses, eliminan plazas de encuentros y las hacen calles de paso, cemento y hormigón sobre la tierra.

Desde los proyectos autogestionados se ha planteado la necesidad de generar espacios y nuevos modelos de convivencia, que repercutan e incidan en el barrio y por ende en la comunidad donde la habitan. La clave está en reconocer las miserias propias y transformarlas.

El acceso a espacios tanto de vivienda como de desarrollo de proyectos, constituye el elemento principal que condiciona la desigualdad social, este es un problema no abordado en las agendas de quienes pretenden ser gestores de las nuevas políticas para un hábitat. De ahí que la “okupación” aparezca como alternativa a la desigualdad social y la segregación urbana, una suerte de pedagogía de lo cotidiano, con una gran capacidad de autocrítica que incide en lo que se podría denominar democracia urbana.

Un ejemplo de esto es la Feria del Libro Independiente (FLIA), una iniciativa itinerante que alberga un abanico de colectivos e individualidades, que se apropian de una área (calle o plaza) y devuelven el derecho a la lectura a la gente, despojándolo de su valor comercial y mercantilista. Su organización es de forma horizontal y espontánea, no hay intervención alguna de grandes editoriales, ministerios o secretarias. Sí, como leyó, anarquía pura.

Estas prácticas pueden ser consideradas como un retorno a la niñez, esa que Colin Ward la ve como la apropiación y el uso creativo de los ambientes en los que han sido confrontados para su desenvolvimiento cotidiano.

Por lo tanto, estas lecciones, historias y experiencias que se han dado, nos permiten afirmar que la ciudad la hacemos diariamente en nuestras relaciones, en nuestros espacios cotidianos, en las transgresiones individuales y colectivas, en nuestros ideales. Nos queda quizás volver a pensar desde la infancia y subvertir el poder y sus políticas urbanas de una manera lúdica y divertida y sobre todo convencernos que otra ciudad, otra No-Ciudad es posible.

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