Julio Carrizosa: ‘Las Farc eran la autoridad ambiental en muchas zonas’

Por Tatiana Pardo Ibarra

A sus 82 años, a Julio Carrizosa Umaña le parece indignante cómo los problemas ambientales de Colombia siguen siendo los mismos de hace décadas; con soluciones simples, que no tienen en cuenta la complejidad del territorio ni resuelven los asuntos de raíz.

Le inquietan muchas cosas. El fracking, la politiquería en las corporaciones autónomas regionales, la falta de recursos económicos para la restauración ecológica de las áreas degradadas, los conflictos del urbanismo y el desarrollo, el cambio climático, el posconflicto.

EL TIEMPO habló con el experto –y miembro honorario de la Comisión Permanente de Áreas Protegidas de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales– sobre los retos que tendrá el nuevo presidente de Colombia y la necesidad de que se vean los temas ambientales como transversales a todos los demás

¿Qué falla en el Sistema Nacional Ambiental (Sina)?

Hay que empezar por el principio: el panorama de la gestión ambiental en Colombia se afectó mucho por la guerra, que hizo que el sistema fuera ineficiente y no se pudiera trabajar efectivamente. Con la guerra vino la intensificación del narcotráfico; con ella, la corrupción de las corporaciones autónomas regionales (CAR) y la no posibilidad de hacer investigación en campo por inseguridad.

En la situación actual es imposible olvidar la influencia de la complejidad del territorio de Colombia. Si nuestro país fuera plano y estuviera situado en las zonas templadas del planeta, no podríamos cultivar coca, ni convertirla en cocaína ni distribuirla a todos los países. Si uno no tiene en cuenta la pobreza y el narcotráfico en el campo, pues sencillamente no entiende el tema ambiental de Colombia.

Creo que la política ambiental en este país está rezagada, sin mayor importancia. Guerra, economía, narcotráfico y política son los principales asuntos, y es una postura normal. Aquí los temas ambientales son opacados. No entienden que son transversales.

¿Habría que reestructurar el Sina desde adentro?

No creo que sea necesario. Lo que sí es urgente es que lo técnico y lo científico deben estar por encima de lo político. Las CAR se han debilitado técnicamente y se han convertido en un recurso más para generar puestos políticos, desde la región. Es urgente cambiarlo, pero dependerá del interés que tenga el próximo gobierno en el asunto.

Lo ambiental hay que tratarlo de manera integral, con los aspectos sociales, económicos y políticos de la mano. Pero los políticos parecen no comprender en qué país vivimos. El problema de que el Gobierno esté centralizado en Bogotá, es que la gente cree y dice: “Eso debe ser todo parecido”, y no saben lo equivocados que están.

Pero el problema en las CAR no es solo cuestión de personal calificado. No tienen suficientes recursos económicos ni de personal… Las corporaciones que están en la serranía de la Macarena, en Chocó y la Amazonia tienen pocos ingresos, y tendrán que lidiar con los problemas de la deforestación y la minería. Sin embargo, históricamente han sido ellas, junto con Parques Nacionales Naturales, los únicos actores que han hecho presencia, e incluso han negociado con las guerrillas y paramilitares cara a cara para hacer investigación. Son unos héroes silenciosos.

Estamos ‘ad portas’ de elecciones presidenciales. ¿Para usted, cuáles son los temas más importantes en materia ambiental?

Primero, la inducción de la ciencia y la tecnología en las corporaciones autónomas regionales. Eso es una prioridad, prácticamente obligatorio. Segundo, debe haber más dinero para programas de restauración ecológica y una estrategia para combatir el desempleo con los objetivos de conservación.

Tercero, respaldar a los municipios que no quieren proyectos mineros en sus territorios y apoyar las consultas populares, porque no es un invento de los ambientalistas sino lo que piensa la gente.

Cuarto, Colombia tiene que apostarles a las energías eólica y solar, y aquí creo queEcopetrol juega un papel muy importante y debería convertirse en un líder en el tema, crear una especie de Instituto de la Energía, pues sabe que el petróleo no le va a durar toda la vida.

Y, por último, es indispensable detener la urbanización de la sabana de Bogotá. Los estudios de suelos demuestran que quedan pocos suelos que están produciendo flores, leche, hortalizas, y generando recreación. Quedan menos de 100.000 hectáreas. La única manera de salvar estos suelos, que son únicos y podrían constituir ingresos interesantes, es con una política nacional de desarrollo urbano.

¿Un país tan megadiverso como Colombia no debería ser rico, en términos económicos?

Más que rico, nuestro territorio es extremadamente complejo y bello. Basta recordar que la alta humedad de la cordillera de los Andes en nuestro territorio nos separa de las características ecosistémicas de Venezuela, Ecuador, Perú y Chile; que contamos con el ecosistema amazónico, el orinocense, el del Pacífico húmedo y el Caribe, y que los valles, vertientes, mesetas y altiplanicies de los Andes constituyen, por su clima, ámbitos excepcionales para la vida. Pero estas asombrosas combinaciones han sido interpretadas como riquezas económicas, y no lo son.

Las características físicas del país no facilitan que vayamos a ser muy ricos. Creo que nunca seremos muy ricos por la complejidad del territorio y el poco entendimiento que tenemos sobre él. Tenemos muchos minerales pero son apenas muestras, excepto en carbón, que sí hay bastante. Tenemos una multitud de especies, pero que nunca nos han significado plata suficiente. Se requiere una inversión gigantesca para empezar a sacarle provecho al tema medicinal, cosmético…

¿El turismo de naturaleza podría ser una alternativa económica para el país?

Estoy muy seguro, eso sí nos puede generar riquezas económicas.

El país tiene un problema, y es que el ambientalismo colombiano no profundiza en la teoría económica ni en las características de los suelos. Y es que las teorías dominantes en las ciencias económicas y políticas no consideran el factor ecológico importante. Lo sacaron de sus modelos. Aunque ahora la economía ambiental y la ecología económica tratan de introducir estas consideraciones con fuerza.

Yo creo que lo más conveniente para Colombia es un modelo económico regionalizado que tenga en cuenta las características físicas del país, que son muy diferentes. La propuesta que hace Francisco de Roux de generar 400.000 empleos en labores de reforestación y restauración ecológica de las montañas es interesante, y a la vez se aumenta el producto nacional bruto.

Si se tumbaran los bosques del Chocó, pues aumentaría el producto nacional bruto. La caída de un puente también lo aumenta, porque toca volverlo a construir.

El posacuerdo aumenta la deforestación. ¿Usted lo imaginó?

Las Farc, les guste o no, eran la autoridad ambiental en muchas zonas. Tenían prohibida la tala masiva de árboles. Ahora hay que aumentar el personal de las CAR, como estrategia para frenar la deforestación; los guardabosques tienen que regresar al campo, y toca hacer una campaña nacional de concientización para que los colonos y propietarios entiendan que un bosque en pie puede ser más rentable que deforestado. Esto significa un reto: hay que valorizar los bosques antes de que los arrasen.

¿El ambientalismo se ha convertido en un concepto muy manoseado?¿Qué es?

(Se ríe). Estoy de acuerdo. El ambiente es todo lo que nos rodea. Una de las características del ambientalista es que tiene una visión integral de lo que nos rodea, es consciente de que hay muchos elementos y de que estos están interrelacionados de cierto modo.

Hay que reconocer la complejidad de la realidad. Y esto está en contra de muchas teorías sociales, económicas y políticas que se han construido, simplificándola, reduciéndola a cosas como la búsqueda del poder o el uso de la fuerza.

Los seres humanos no solo somos maximizadores de la riqueza, sino que tenemos objetivos como la bondad, la recreación, el conocimiento, etc. El ambientalista reconoce la complejidad del ser humano, es capaz de ver amplia y profundamente los temas y tiene respeto por todo lo que le rodea.

¿Entonces, en dónde está la pata floja?

En el paradigma de la simplicidad. Se quieren resolver problemas complejos aplicando soluciones simples. Según Edgar Morin, “vivimos bajo los principios de disyuntiva, reducción y abstracción, lo que en su conjunto constituye el paradigma de simplificación”. El problema es que queremos colocar todo como malo o bueno, no vemos el mundo en forma dinámica, no comprendemos el pasado ni tratamos de prever el futuro, y reducimos la realidad a unas cuentas palabras.

Fuente: eltiempo.com

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