
Quiero, a modo personal, advertir que este diálogo se dio justo para las últimas semanas anteriores al estallido de la pandemia y la emergencia sanitaria que a muchos nos separó de nuestras disciplinas habituales, incluyendo el ciclo de crónicas que, periódicamente, habíamos llevado a cabo con Ecuador Today hasta entonces, con la finalidad de fijar un espacio de promoción del trabajo de distintos artistas de todos los géneros y ponerlo al alcance del gran público, interesado en los perfiles de quienes se encargan de proporcionar el elemento, a mi criterio, más noble y fundamental de esta existencia: el arte.
Conocí a Karla Armas y sus composiciones poéticas, de manera personal, coincidencialmente, por la invitación que nos hiciera Jeremy Vagabundo a uno de los ciclos de tertulia de poesía y cuento breve que el dramaturgo y cuentista colombiano disfruta de realizar con varios escritores locales y extranjeros en la ciudad de Quito.
También por coincidencia, aquella tarde nublada, ambos habíamos decidido hacer tiempo, hasta llegada la hora de la presentación, en la tienda de películas que nuestro amigo en común, Esteban Herzog, administra en las inmediaciones del sector de El Girón.
Después de las respectivas presentaciones y abluciones rituales contra el pánico escénico, subimos por el ascensor del alto edificio esquinero hasta uno de los últimos pisos, en donde nos esperaba un pequeño y acogedor escenario rodeado por unas pocas butacas ocupadas, casi siempre por conocidos, colegas y amigos.
Desde entonces, la espontánea facilidad de lectura y composición en la poesía de Karla Armas, llamó con fuerza mi atención. La simpática gracia de su presencia habitual no tizna mucho de la que realiza en su actuación artística y escénica. La cual es una condición fundamental de atracción para el público interesado en este tipo de eventos, que conjugan lectura y gestualidad, volviéndose muy apegados a una bien lograda teatralidad. En tal caso, no todos los escritores sabemos actuar en un escenario con la fascinante destreza, por ejemplo, de un Dylan Thomas. No sin un poco de envidia, debo aceptar que el despliegue escénico de Karla, con el concentrado esfuerzo que implica, se aproxima a este don o maldición.
Para este diálogo, concertamos una cita con Karla en la oficina de Ecuador Today, habiendo pasado un breve tiempo desde las noches de presentación del ciclo mencionado, quizá un mes o dos. Y Karla Armas ha empezado comentando que siente que, gracias al interés que su madre siempre tuvo por el arte, es que ella y sus hermanos también se han inclinado por aquel, siendo Karla escritora y su hermana Diana, artista plástica.
En cuanto a la poesía, Karla siente que fue escogida por ella, y de ahí el capricho de recalcar en un párrafo anterior aquel gracioso aspecto de “por maldición”, como ella misma lo comenta. A pesar de sus incursiones en el cuento, dice: Pero es la poesía la que ha elegido salir, a través de las manos y la palabra.
Al tratar acerca de las “fijaciones temáticas” de los autores y de sobre qué trata en términos generales esta poesía que posee el espíritu de la artista, Karla Armas comenta que, además de los temas universales -amor y desamor, por ejemplo- sus contenidos presentan especial interés en factores de la doble moral, evidentes pero medio escondidas, desarrolladas en sociedades pacatas como esta: dices una cosa, pero haces otra. Su interés se centra en aquel reflejo de la interacción con el otro.
Respecto a “influencias” o autoras y autores referenciales, Karla ha mencionado a Alejandra Pizarnik, Anais Nïn, los Poetas Malditos (Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud y Verlaine), así como Clarice Lispector y Fernando Pessoa, y del remanente nacional, a los “Decapitados” (Borja, Fierro, Noboa Caamaño y Silva), aunque no quiere decirnos que se trata de “poetas favoritos”, pues su gusto por la poesía se da de manera general.
Karla Armas, de modo entre anecdótico y en broma, dice que todas las personas, en su adolescencia, fueron poetas; cree que antes de definirse por otras profesiones y oficios, es casi obligatoria una incursión por la poesía, que, por supuesto, los años y las circunstancias se encargan de determinar como una búsqueda asimilada en rigores más exigentes. Para ella, en el tiempo universitario se determinó su gusto por la escritura, y como asidua lectora, sus primeros ejercicios de composición poética surgieron como un homenaje a quienes ella se refiere como a sus amados y sus mimados autores.
Sus demonios creativos son legión y atraviesan, desde las imágenes cotidianas que enfrenta, por ejemplo, en una sencilla caminata diaria, como también los planos físicos y sensoriales del placer sexual y del recuerdo y de neblinas más próximas a la melancolía o de la fascinación.
Al regresar con la memoria hacia la segunda etapa del ciclo de lecturas compartido con Karla Armas a finales del año 2019, todo se presenta con más lucidez y claridad, a pesar de su inminente nostalgia y tristeza. Percibo aún los tonos o los ritmos de ahora nebulosas intervenciones, en un apacible y espacioso lugar acogedor, que se presenta a medialuz. Una conmovedora alegría y camaradería se despliega, desde la barra de un bar hasta una mesa de billar. Varios amigos entre el público esperan las intervenciones de los que nos hemos sentado ya en tres sillas altas… Antes de la tertulia, Karla me había sorprendido en la tienda conjunta a aquel establecimiento, haciendo unos últimos arreglos a los textos de mi intervención. Ella había tenido el detalle de compartir un texto inédito.
He apelado a la tristeza antes, no de manera utilitaria o porque este texto adquiera una especie de patetismo artificial, sino porque entonces -diciembre quizá- faltaba poco para que la pandemia suspenda, al menos momentáneamente para algunos, los proyectos que Karla y tantos artistas más habían fijado publicar para el principio de esta década, simbólicamente, tan atractivo en este oficio.
Pues, sobre sus próximos proyectos, Karla Armas mencionaba en esos finales de febrero, la publicación de un libro de poesía y un libro de cuentos cortos. Además, mencionó la iniciativa de un proyecto para niños: “Un algo que aún no sé qué es”, sintiéndolo como una deuda con los niños del mundo.
No va a ser una cosa de niños como muy dulce ni muy infantil… Más bien hablándoles a sus almas lo que sucede ahora. Debo decirte que yo creo que todos, seamos niños, ancianos o lo demás, igual tenemos otra materia sutil, en la que entendemos el arte, en la que nos conectamos de diferente manera. Es ahí desde donde quiero hablar a los niños.
En una proyección de quince o veinte años, Karla Armas siente que habrá incursionado más en el cuento y la novela, pero que no dejará de escribir poesía jamás, simplemente que se engrosarán las páginas. Karla también acude a la actuación y a las manualidades, como formas de expresión adicionales a la escritura.
A continuación, asumo la responsabilidad entera de la siguiente transcripción de uno de los cuentos cortos de la autora.
Calle Amapola 1978, departamento 3
Acabo de lamer de los dos lados la última estampilla de esta semana. Esa que llegará en siete días pegada a la carta que no leerá. La que lleva la partícula de mi saliva, que con tu mano izquierda se impregnará, cuando en tu grosería rompas, una vez más, mis poemas.
Pero esta vez notarás que, de pronto, el café se mezcla con el sabor de mi boca. Sentirás cómo la niña que juega en la vereda ensombrecerá tu pensamiento trayendo a la hija que nunca llegó.
Sí, esta vez me instalaré dentro: jugaré con tus sentidos a toda hora; lloraré hasta que sientas mi angustia encapsulada; gemiré para traerte el sudor de la última vez. Viviré en ti. Soplaré por tu nariz un viento cálido. Haré que tu mano escriba una carta para mí; que, cuando llegue, la tiraré sin leer… No vaya a ser que me quieras seducir o algo así.
Karla Armas, 21 de febrero de 2020.
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