
Hay que inventar una palabra para designar este estado en el que los principales ámbitos de la vida humana son procesados en los sistemas digitales. Esto es fundamental en el campo de la política, por las incalculables repercusiones que tiene esta actividad sobre la sociedad. Sobre todo, por los impactos finales que se generan sobre una realidad de la cual no podemos abstraernos. La interacción en redes sociales tiene límites concretos. Por ejemplo, la brutalidad de la guerra, tal como la estamos constatando a propósito del conflicto entre Israel y Palestina. Ahí no existe una virtualidad que aparte del horror a las víctimas.
Redsocializar la política sería una buena definición de los procesos electorales. El caso de Javier Milei constituye una clara –y además aterradora– muestra de los alcances que tienen las redes sociales en las contiendas electorales. Que un personaje con esas características pueda no solo ganar en la primera vuelta, sino llegar a la presidencia de la república en Argentina, debería considerarse como una anomalía del sistema político si no fuera porque funciona. Es una posibilidad real.
La fórmula parece bastante sencilla: se construye un candidato con una imagen distópica, cuyo principal recurso es la vociferación. Milei puede decir todas las barbaridades que se le antojen sin inmutarse. La clave está en decirlas de tal manera que terminen convenciendo al electorado. El resto lo hacen sus operadores informáticos.
Acá en el Ecuador ya experimentamos un fenómeno similar, aunque sin las estridencias ni las desproporciones del caso argentino. Una batería de tiktoks, unos zapatos rojos o un muñeco de cartón tuvieron mayor éxito que los candidatos de carne y hueso. Y más todavía frente a las propuestas de campaña y los programas de gobierno. La inmediatez de la imagen se sobrepuso a la profundidad de la palabra.
En esta lógica de la banalización política hay sectores que llevan las de perder. En concreto, las organizaciones de izquierda, porque renunciar a los contenidos en aras de la volatilidad gráfica, resulta un contrasentido con su naturaleza. Si algo ha cuestionado la izquierda a lo largo de la historia es la mercantilización del discurso electoral, tan propio del liberalismo contemporáneo. Y si ha optado –en parte por ser inevitable– por las nuevas tecnologías políticas, es con el ánimo de compensar la vaciedad discursiva que imponen las redes sociales. Una tarea por demás infructuosa a la luz de los hechos y de los resultados.
El desafío es titánico. ¿Cómo darle algo de solidez a un mundo cada vez más líquido, más gaseoso? ¿Cómo posicionar elementos coherentes en medio de tanta banalización? ¿Cómo defender propuestas estructurales frente a la inmediatez de las aspiraciones sociales? ¿Cómo darles sentido a las redes sociales sin ser devorados por su frivolidad? La redsocialización de la política es la estrategia más eficiente del sistema.
Octubre 21, 2023
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