MI NOMBRE ES ADBI (Segunda parte de un cuento sobre un tema sensible, la migración forzada, resultado de la guerra)

 

Por Fernando Prieto Jr

Segunda parte de un cuento sobre un tema sensible:

La migración forzada, resultado de la guerra.

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Noche y oscuridad.

De nuevo esa oscuridad de día y oscuridad del alma, esa oscuridad donde se revelan sus dolores más profundos, es en esa oscuridad donde sus movimientos parecen orarle a su Dios para que no haya más dolor, es en esa oscuridad y en ese dolor donde siente el motivo porque el que tuvo que irse y el como lo hizo: prisa, zozobra, prisa y llanto, correr y ver a otros también hacerlo, un péndulo de reloj que marca su tiempo, un péndulo de reloj que desde su mismo cuerpo marca el abandono de ese micro universo suyo, tan tranquilo a ratos y antes de todas las desgracias que llegaron, y no hay otra razón, ni palabra, ni grito mudo que valga, sabía lo que debía hacer cuando cayeron los primeros misiles y corrió por un morral donde empacó algunas cosas, sus fotos, el morral, algo de comer y se fue por un lado mientras veía como a su madre y sus hermanitos se los llevaban por el otro y sin ella porque no había más espacio y ahí se despidieron con la esperanza rota de volverse a encontrar, y claro podría haber peleado no separarse pero el riesgo era que no se fuera ninguno, entonces los dejó irse, tomó el morral, puso algunas cosas dentro, sus fotos, el radio, el morral, algo de comer y se fue por el otro lado.

Noche, noche solitaria, oscuridad de día y oscuridad del alma.

Adbi se prepara para una noche solitaria, una noche de sonidos lejanos que no dejan dormir. Ella con un candelabro de abuela y su radio dentro de la carpa, escucha una canción conocida y la canta, llega finalmente la verdadera noche y el silencio, y con el silencio llega también la oscuridad del día y la oscuridad del alma.

Pero esforzándose, Adbi, se logra dormir.

Amanece en ese rincón del mundo, al que pareciera que a nadie le importa, porque a pesar de las noticias que vuelan, de los gritos de auxilio que son latentes, de la sangre, la muerte, de las palabras de quienes hicieron posible ese desastre y que lo amparan con el orgullo ignorante de no detenerse, a pesar de todo eso a nadie le importa, porque el mundo simplemente no hace nada.

El mundo asiste a la tragedia como en una obra de teatro y donde es el público que solo observa.

Amanece y Adbi en medio de esa terrible tragedia, sabe que debe continuar su camino, entiende que casi tres días son poco aun para intentar la frontera, con cero optimismo de cruzarla porque Adbi antes de verse sumergida en esa tragedia colectiva, sabía que a otros, en otros lugares donde aquello ya había comenzado, les negaron la entrada.

El amanecer es frio, las primeras gotas de la lluvia van cayendo, se anima al principio a salir sin mucho abrigo. Se estira, se despereza, bosteza y siente por primera vez los golpes del invierno. Entonces, entra de nuevo a la carpa para sacar una manta, se la coloca, cubriendo también su cabeza. Se las ingenia para hacerse un cafecito en un fuego improvisado, es la mañana, un café, la banca, la carpa. El silencio de muerte, la muerte por ahí escondida detrás de ella., es ahí donde termina de estirarse, es ahí sentada donde decide que antes de continuar, algunos de esos recuerdos que están en su maleta deben salir para vivirlos de nuevo, entonces la abre y lo primero que toma es el ramo de flores marchitas que agarro a los afanes de su cuarto, y con el ramo siente la inspiración de aquel galán, sueña siendo conquistada por el fulano que alguna vez la enamoró.

Un movimiento, dos, tres, una repetición, un beso imaginario y la imagen se va cortando como un disco rayado que se rompe. Un movimiento, dos, tres, una repetición, y la imagen cada vez es peor, cada vez es más rota y salida de tiempo, entonces se molesta por su actitud tan dolida, por su dolor tan presente, y quiere correr a donde sea, pero algo no la deja.

Se preocupa porque sospecha que se está enloqueciendo y ruega que no sea así, que a pesar de todo lo vivido, logre mantener la cordura para pelear por volver a vivir los momentos bonitos o los momentos de amor donde de nuevo le regalen flores.

Un sentimiento bueno la cruza, pero no perdura, entonces regresa a esa locura que teme y quiere correr y al intentar hacerlo siente que a su alrededor hay una celda de vidrio contra la que se estrella repetidas veces.

Con la misma sorpresa accidentada de un pájaro al vuelo. El golpe se repite cada vez más rápido, cada vez más en un vórtice que parece interminable, hasta que se detiene. Toma las flores, Las rompe y llora. Flores secas, llora. Flores que han perdido su valor, llora. Flores que no tienen los perfumes de otros tiempos, de ese bello pasado de romances. Porque él no está, él quizás también se fue, ella no se fue ni con su familia ni con él, ella está sola y ella, llora.

Llora y luego se calma, llora y luego regresa a la realidad cuando el sonido de misiles que caen nuevamente en algún sitio no tan lejano la regresan a la cordura, se asusta, no tiene donde esconderse y le reclama a ese mismo cielo de donde caen, que no caigan cerca de donde ella esta, empaca entonces la carpa, los corotos, los pedazos de flores y las fotos que no alcanzo a disfrutar, empaca todo en el morral, toma aire profundo y descubre por accidente que entre los escombros, la muerte se esconde, la muerte que la acompaña, pero decidida a no dejarse ganar emprende nuevamente el paso del camino que según sus presentimientos la llevaran hasta la frontera.

Pasos pesados, pasos lentos, morral que pesa, frio de lluvia, frio de invierno, hambre, pensamientos cruzados, las horas que transita, la muerte que la acompaña aun escondiéndose, sonidos lejanos de misiles que caen, imaginario de voces y gritos, para Adbi todo es de color gris, o de color ladrillo roto, como es el color de los lugares por donde camina o como son los ladrillos de esos lugares.

Por primera vez y después de tres días en solitario, escucha los gemidos no humanos de un ser vivo que pareciera que está en sus últimas, decide desviarse siguiendo los sonidos y descubre a un perrito negro que al verla siente ganas de ir hacia ella pero sus últimas fuerzas no le alcanzan, ella lo mira ya a su lado y lo acaricia, le coloca un poco de agua en la boca, casi que su última reserva y también un pedazo de su ultimo sanduche, el perro sin ganas intenta beber y comer, ella lo acaricia sin palabras, le toca la cabeza hasta que el perro ya no mira más con vida, Adbi quiere llorar pero se contiene, lo mira con tristeza, le pide perdón por la brutalidad de los suyos, lo abraza un poco y lo deja ahí ya sin vida y sin aliento, lo deja ahí descansar y se pregunta si realmente vale la pena continuar o es preferible dejarse morir como el perrito para también descansar.

Luego de horas caminando y al sentarse una vez más y con esa especie de añoranza lejana o dolor de corazón roto, recuerda que en aquella maleta también guarda las fotos de mejores momentos. Al sacarlas, son pequeños cuadros con imágenes en blanco y negro de su familia. Momentos felices que va acomodando en algún lugar de aquel pequeño escenario donde ahora se encuentra. Se detiene un instante para verlas allí, expuestas como en un mausoleo alegre, un cementerio de colores neutros o una exposición de instantes que nunca se olvidan. Con cada foto juega a recordar el momento en que ocurrió, sonriendo de su improvisado juego, demostrando que, a pesar de sus dolores presentes, aquellos recuerdos del pasado, quizás sean el motor de un futuro próximo más esperanzador.

Y pareciera por momentos que las fotos dialogan con ella, y pareciera que de cada foto salieran sus voces al aire, se mezclaran, para darnos a entender que la magia si existe y que en ultimas no todo está perdido cuando existe un poco de luz sobre la sombra. De nuevo siente Adbi que la locura al igual que la muerte están cerca, pero a la locura en ese caso le siente menos miedo porque le alegra el corazón pon un rato y decide entonces disfrutarlo, dejarse ir una vez más de esa realidad, así como cuando se soñó despierta que bailaba o, así como se soñó dormida que nadaba, ahora deseaba soñar que aquellas fotos eran pequeñas películas donde ella era la protagonista junto a su familia.

Las disfrutaba con esa locura propia de su edad, de sus aun recientes juegos infantiles, reía sola y suspiraba, reía y creaba diálogos, reía y construía historias que fueran más allá de la foto.

La soledad tiene la ventaja de no ser vergonzosa sino por el contrario, liberadora y para Adbi, ahí solitaria en ese mundo destruido, la soledad unida a su locura le permitía gritar, cantar, decir textos inventados mientras pasaba las pocas fotos una y muchas veces más.

Retomo el camino luego de comer el último pedazo de sanduche que le quedaba, el agua la había acabado con el perrito, curiosamente no sentía sed y rezaba para que la lluvia hiciera presencia en algún momento.

Eran días fríos, días de un clima tan loco como las situaciones mismas, aun así, no quería dejar de caminar, sabía que estaba más pronto de la frontera que lejos, pero entonces llega quizás su peor momento, el momento donde descubre, que aquel laberinto de Alicia, la lleva directo a un lugar donde existe un muro cultural impenetrable, y no solo un muro cultural sino quizás también un muro de piedra, metal y cemento. Y es ahí donde sus fantasmas la regresan justo al lugar de donde partió, y con esos fantasmas vienen los sonidos de los misiles que cayeron, los disparos que sonaron cruzados, los tanques que arremetieron contra todo.

Porque en ese, que es su peor momento, vienen a ella los recuerdos dolientes de la guerra y ella se recuerda en su nerviosismo, que solo quería sonreír.

Una cruel metáfora de la vida y de la muerte, de la alegría y la crueldad humana. Un torbellino de sensaciones que sintió en su piel, en su cuerpo, que sintió con sus movimientos más dolidos viendo pasar a la muerte más violenta.

Con la sangre bañando las calles, con los oídos que se le reventaban, las manos que se le quemaban en ese fuego de la brutalidad.

Para que al final, quedara abatida por la irracionalidad que nunca termino de comprender.

Ella, la joven de los recuerdos, la que pensaba la vida con la idea propia de su edad, se recuerda en ese delirio demente y cruel. Como si no hubiera alcanzado a huir, recordando la imagen del hombre del cigarro, el hombre de los pájaros migratorios, muerto en la acera donde siempre fumaba sus cigarros a la mañana.

Y entonces desde ahí, desde esa muerte que se hace tan natural y tan absurda, tan poética y cruel, se levantó del suelo para sentirse como una estatua, una estatua que cada tanto se desboronaba cual castillo de aire y arena, hasta esos momentos que van tomando fuerza mientras se siente más cerca de la frontera y la invade el miedo.

Luego de varios días caminando y recobrando la vida que ahora intenta reconstruir en su idea de seguir caminando, queriendo no cargar más aquellos recuerdos que son la sombra de su vida, queriendo enfrentar sus miedos futuros con el olvido, pero, sobre todo, con la fe solida de volver a encontrarse con su familia.

Ella cerca a esa frontera que la ilusiona, pelea con la contradicción de cruzar con su pequeño museo de recuerdos salpicados con la sangre de la guerra. Y haciendo fuerza de su decisión de no cargar más recuerdos, decide que los deja allí. En el camino, en cualquier lugar, se libera para ser ella la errante sin historia, decide que aquellas cosas se queden en ese lugar pasajero para que no la atormenten más: Sus fotografías, sus flores marchitas y rotas, su radio por donde suenan los boleros, su carpa. Ella, la desplazada doliente, toma solamente el morral, que está casi vacío, como si eso representara simbólicamente que hay que llenarlo de nuevo y con nuevas experiencias. Ella se lo coloca nuevamente y luego de vaciarlo, se detiene un último momento antes de continuar, para mirar por última vez ese trozo de su vida que se queda atrás.

Y unas horas después, y en esos pensamientos y acciones de quien de alguna forma ha perdido parte de su cordura, ve de lejos un muro que es el destino a donde desea llegar, lo ve y se alegra, lo ve y corre con sus últimas fuerzas hacia él, lo ve y al irse acercando se da cuenta que sus miedos tenían razón, que su locura tenía razón, que aquel muro de hormigón y cemento era un muro sin puertas abiertas, solo un muro sellado que condena a los pocos que van llegado con la ilusión de cruzarlo.

Ella, ahí ya con sus restos de cordura, su morral vacío, su esperanza hecha trizas y unas lágrimas que no le alcanzan para expresar todo lo que siente, toma una piedra y sobre el muro escribe: “Mi nombre es Adbi” antes de sentarse derrotada y ver cómo se va acercando a donde ella esta, la locura que la abraza y la muerte que, desde el principio de esa nefasta aventura, lentamente la persigue.

 

Acerca de Fernando Prieto Valencia 20 Articles
Director de teatro, escritor y dramaturgo, andariego.

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