#Opinión / El caso de Jorge Glas, o cómo robarle el bastón a un ciego

 

La inocencia de Jorge Glas adolece de la misma debilidad que la tinta extraterrestre con la que se ejecutó el fraude electoral contra Luisa González. Se trata de versiones indigeribles por burdas, por groseras. Ni siquiera sirven par consumo de los correístas obtusos. Hasta los fanáticos más recalcitrantes necesitan de una mínima dosis de racionalidad para convencerse.

El lawfare no fue un invento del progresismo, ni mucho menos de la izquierda. Fue una invención de los políticos corruptos. Para ser más precisos, fue un retoque elegante de lo que siempre se conoció como el uso de la justicia para la persecución política, una práctica instituida y perfeccionada por Febres Cordero y luego utilizada por todos los poderes de turno. El mismo León argumentó persecución política cuando la justicia le pidió cuentas por el uso irregular de fondos públicos en su criminal combate a la subversión.

Años después, el expresidente Aldalá Bucaram echó mano de la misma cantaleta a fin de evadir a la justicia. Y a nadie con una milésima de decencia se le ocurriría hoy sostener su inocencia, ni mucho menos su honradez.

En la práctica, el lawfare es una inversión perversa de otra práctica que también atenta contra las instituciones republicanas y la democracia: la impunidad política. Si con la primera se utiliza a la justicia para perseguir a los enemigos, con la segunda se usa el poder para evadir la justicia. Como lo hace Donal Trump. Y ambos recursos constituyen los extremos del mismo esquema deteriorado de la política.

Pero el caso de Jorge Glas no puede reducirse únicamente al análisis de los vericuetos judiciales o de las implicaciones políticas que lo rodean. Allí hay algo más profundo y pavoroso, algo que tiene que ver con la propia condición humana. Inclusive, que tiene que ver con los límites del crimen, tras los cuales los perpetradores renuncian a toda humanidad. Apropiarse como autoridad de los dineros destinados a los damnificados de un terremoto es una atrocidad. En la memoria latinoamericana, solamente Anastasio Somoza, el déspota que gobernó a sangre y fuego Nicaragua, se atrevió a tanto luego del terremoto de Managua.

Eso nos obliga a apartarnos de los predios de la justicia y de la política y adentrarnos en los de la filosofía o de la ontología. Así tal vez logremos entender cómo una persona puede llegar a esos excesos de deshumanización e insensibilidad. Como robarle el bastón a un ciego.

No obstante, y a pesar de la pobreza ética e intelectual que subyace a estas dos versiones, el correísmo seguirá utilizando las tesis de la tinta extraterrestre y de la inocencia de Glas en su desesperación por revertir su declive político. La abstinencia de poder provoca crisis donde la inteligencia es la primera perjudicada. Intentarán sostener un relato que postergue su agonía. A pesar del absurdo y la ridiculez.

Julio 3, 2025

 

Acerca de Juan Cuvi 210 Articles
Miembro de la Comisión Nacional Anticorrupción (CNA), Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo, Parte de la Red Ecudor Decide Mejor Sin TLC.

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