Poder político y Thanatos: cuando la medida de la violencia se torna política del Estado

Por César Aizaga Castro

Introducción

El contexto político podría ser considerado como institución en crisis debido a la gobernabilidad ejercida ya no solo desde unos pocos, sino que de gobernantes cada vez más desvinculados de la institucionalidad en general: educación, salud, seguridad sumida a condiciones de desviación, descomposición y crisis en general.

Este contexto compone por efecto condiciones críticas de la institucionalidad, desde los funcionarios públicos y privados, fuerzas de seguridad sustentados en discursos políticos que fortalecen la estructura social decadente. Pero, el ciudadano en virtud de la falta de acción, praxis o contestación orgánica se torna parte del cinismo político que impera.

Para fortalecer estos engranes, el discurso político pretende mantener el orden institucional de manera que la falta de acción y organización tiene efecto generalizador en la sociedad. Entonces la gobernabilidad ejerce su actuar desde el sentido de la carencia, indiferencia frente a las situaciones críticas de la política; empero, la crisis actual trasciende
los sentidos de lo político que postulaba la postmodernidad; sino que se entiende la política desde la permeación del crimen organizado y a partir de esta, la política como reforzador de la criminalidad soslayando las funciones correspondientes de su rol.

Para sostener tales condiciones el poder político ejerce sus prácticas desde el Thanatos, la muerte, el desborde, la desviación, la criminalidad, la injusticia; obviamente, el Psicoanálisis como herramienta teórica podría abordar esos sinsentidos de la política de hoy; la pulsión de muerte que se sistematiza y refleja en la ola de criminalidad de la sociedad frente a un estado y gobernantes disfuncionales que cínicamente pretenden sostener la
estructura en decadencia.

a) Amos y funcionarios

Dentro de los contextos democráticos, señala Alexis de Tocqueville, las relaciones entre servidor y amo se modifican, de allí que “el sirviente a cada instante puede volverse amo, y aspira a serlo, en efecto; el sirviente no es otro hombre distinto del señor” (Tocqueville, 1957, pág. 601), con esto marca también un sentido de “convención voluntaria” con respecto a la voluntad de someterse o someter; encerrando un sentido de represión, de conflicto y de pulsión en los escenarios de acción política.

Posteriormente el mismo autor refiere sobre la preferencia del amo sobre el tipo de criado ideal (actualmente convertido en empleados, funcionarios, ciudadanos) constituido para la obediencia; de manera que ambos, amos y sirvientes mantienen en su imaginario un determinado tipo de actitud o de rol a cumplir, lo que, a su vez, se acepta por imposición, coerción o represión, en virtud de la construcción de la época determinada por la sociedad de que tales engranes son fortuitos o accidentalmente dados.

Se puede identificar que por parte de la población del siglo XVII había ya un aparente conformismo sobre el sentido que se le confería a la autoridad política, económica, educativa o comunicacional; fenómeno que se daba durante los periodos de germinación de una burguesía dominante, pero que hasta la actualidad se perfilan bajo nuevos componentes de dominio colectivo que se valen de la distracción o hasta de cinismo para ejercer la autoridad sobre la población civil. Herbert Marcuse ya identificaba dicho conformismo desde la edad media a sujetarse a la voluntad del clero y la nobleza en virtud que el paraíso se consideraba algo celestial y la recompensa sería en el reino de Dios, siendo la explotación o la esclavitud fenómenos aceptados como normal (Marcuse, 1971).

Mantener a la sociedad sostenida a ideales ha sido un aspecto fundamental para reforzar el Statu Quo a lo largo de los periodos históricos. Los esclavos tenían la esperanza de ser libres, lo siervos de llegar a ser amos, los proletarios serían burgueses y hoy en día frente al conglomerado de denominaciones para la población global (sociedad de la “información saturada” el más acertado), los universitarios desean ser profesionales, los profesionales se esperanzan en ser burócratas, mientras que, quien no posee un medio de producción, aspira a la posesión de uno y cuando no, desea sujetarse bajo condiciones de empleado. Por lo tanto, se establecen patrones de rendimiento competitivo con aras de mantenerse en un puesto laboral para no quedar bajo las estadísticas de subempleo, desempleo o desocupación. Esto no se trata de género, sino de condiciones muy elaboradas de explotación y dominación violenta generalizada y de niveles de presión desde los que el sujeto se siente insatisfecho con la condición presente, pero entiende (o se la ha hecho pensar) que habrá una mejor posición a futuro, tal como una remuneración, un ascenso, una mejor plaza de trabajo, bienes inmuebles, un mejor gobierno, un Estado al servicio de los ciudadanos, condiciones democráticas y por último una jubilación remunerada.

Por lo tanto, los ideales de democracia representado por cierta autoridad (democracia parlamentaria) que se instauró en la modernidad, tal como Hegel lo comprendía, tiene vigencia hasta la actualidad, considerando el sentido de libertad como una “ficción legal abstracta” (Marcuse, 1971, pág. 57) en donde el mismo derecho, y las leyes en general se tornan, a pesar de su universalidad, como la base de los intereses particulares y privados, a partir de los cuales se establece la totalidad de unos pocos, posiblemente expresándose como tiranía o totalitarismo. De allí que Naomi Klein sostiene acertadamente que el neoliberalismo reflejado en las experimentaciones económicas de distintos países, hoy sostenido por un discurso llamado “libertario”, solo es posible mediante el terror del autoritarismo o el totalitarismo (Klein, 2016).

Puede entenderse la violencia política del Estado y el gobierno desde distintas formas. Pero, no se trata de deconstruir una idea para imponer otra, error en que cae el feminismo en su práctica y radicalismo hoy en día, sumiéndose a una lucha particularista financiada por organizaciones no gubernamentales. Tampoco se trata de tomas de poder para imponer una verdad histórica no asumida por la población inconsciente, sino por partidos políticos que han perdido ya su legitimidad o sentido de vanguardia. Peor aún sería entender que la libertad solo se concibe bajo términos de lo particular, lo privado o lo individualista imponiendo al mercado sobre el sujeto, por sobre la colectividad. Todas son formas de dominación que parangonarían al amo y al siervo de Tocqueville, o al amo y al esclavo de Hegel; pero, tampoco se trata de asumirlo desde un nihilismo que queda sin forma alguna de sujeción con pretexto de superar lo “binario” (Derrida, 1986).

Entonces en virtud de las posibilidades en que pudiera sobrevenir o decaer la democracia, se analiza al poder político, desde el Eros y el Thanatos (Freud, 2013), el primero busca sostener la vida, mantenerla bajo términos de unidad, arte o interacción, lo cual vincula unos con otros; el Thanatos por otra parte, como los aspectos propios de la agresividad de quienes ejercen el poder colectivamente, empeñándose en la autodestrucción de la institucionalidad, la muerte sistemática o la tortura militar. Siendo la violencia desde la sociedad política del estado vs. La sociedad civil los ejemplos más evidentes de dicha dicotomía. A esto se suma el goce como aspecto conceptual para abordar la contradicción de quienes se satisfacen con lo displacentero; ejerciendo programas totalitarios, autoritarios o formas cínicas como dominación política disfrazada de discursos democráticos, de libertades o de orden.

Así, contextualizando para los días actuales del siglo XXI, se establecen dispositivos de autodestrucción como parte de los programas políticos de hoy en día, que, bajo pretextos, discursos y propagandas de unidad, de un ideario, un caudillo, y hasta de paz o democracia se somete a represión social en ciertos niveles, pero por otra parte el propio sistema es permisible hacia aquello que podría afectar a ciertos mercados tales como la trata de niños, pacto de los gobiernos con el narco, o la corrupción generalizada de instituciones de seguridad del Estado aliadas a las mafias, etc. son problemáticas más llevaderas mientras pase cínicamente desapercibida o muy poco informada por los medios de comunicación, o no sea discutida en las universidades, ni tampoco socializadas para evitar el shock.

Pero, por otro lado, las manifestaciones sociales y políticas como el reclamo de derechos o la exigencia de transparencia, podrían ser consideradas como amenazas terroristas, por lo cual suelen ser saboteadas, infiltradas, desarticuladas bajo leyes que criminalizan la huelga o el activismo; para lo cual se instalan símbolos que apelan a no
movilizar, no participar, a “trabajar” en vez de ejercer el derecho a la acción política frente a la disfuncionalidad de un Estado que ha agotado sus recursos propagandísticos y discursivos para mantener su imagen. Sin embargo, la autoridad política no considera terrorismo que bandas delincuenciales organizadas internacionalmente operen, como es la situación del Ecuador, en donde las Fuerzas Armadas declararon que bandas criminales no implicarían
amenazas para el Estado (Comercio, 2023); o la presencia de Narcogenerales, lo cual fue defendido por el gobierno que estuvo de turno (Primicias, 2021) así como vínculos entre marinos ecuatorianos y grupos criminales (Infobae, 2023) y como el reciente hecho de militares involucrados en detención de niños encontrados incinerados (Pais, 2025). Pese a que estas instituciones como las fuerzas armadas, la Policía Nacional hayan sido denunciadas, siguen siendo respaldadas por los poderes fácticos de turno. Todos estos fenómenos tienen efecto en contextos llamados democráticos.

Empero, ya desde la época de Hegel hasta la actualidad; las condiciones, los imaginarios y las prácticas en la dicotomía entre siervos y amos, explotadores y explotados, etc. Se han tornado mucho más complejas y especializadas en cuanto a formas de dominar y acaparar espacios de poder e influencia. Ya no solo en nombre de la libertad, la democracia, de Dios, del Estado, de la Patria y más proyectos y abstracciones para sostener cierta regulación colectiva; o dicho similarmente, dominan unos sobre otros, pero los nuevos amos y funcionarios políticos del siglo XXI buscan bajo nuevos términos establecer imaginarios en los que la colectividad, los sujetos, los movimientos sociales y hasta partidos políticos voluntariamente acepten la explotación indiscriminada, la criminalidad institucional, la violencia sistemática y la dominación demagógica en general como si de convenios se trataran. De allí la idea de Alexis de Tocqueville, como si se tratara de un “convenio libre de las dos voluntades”.

La asociación de democracia con el Eros y de totalitarismo con el Thanatos, se articulan a condiciones críticas que abarcan desde la política hasta lo educativo, lo comunicativo y lo económico; en donde lo totalitario no necesariamente presenta su peor semblante, ni la democracia se encuentra libre de ejercer represión brutal. Pero, como expresaba Montesquieu “los hombres suelen cegarse respecto de sí mismos y que son presas de pulsiones que no saben controlar” (Todorov, 2012, pág. 31). Con esto se asevera que el poder corrompe; y bien cabe cuestionar las maneras cómo el poder y la autoridad que se ejercen, se ligan al goce y la pulsión de muerte.

b) El Estado y el Thanatos

Es obvio que, si se hablara de la crisis de la política como institución, pero a su vez de la economía, la comunicación o la educación, se debiera reflexionar que dichos discursos, que han operado desde la modernidad con pretensiones de algo mejor, pero que hoy en día se ven mermados por la incertidumbre, la desidia, la desconfianza, el conformismo. Precisamente Freud ya refería que “la libertad individual no es un patrimonio de la cultura” (Freud, El malestar en la cultura, 2014, pág. 94) pues a nombre de la cultura, de la justicia, de lo civilizatorio, limitan y acaparan debido a que el individuo no podría sostenerla; pues en muchas ocasiones la libertad incluye rebelión contra actos de injusticia, así como manifestaciones que se reducen a rezagos y vestigios primitivos de la especie tanto por parte de gobernantes como de quienes quisieran emprender una acción que termina desviada social o políticamente.

La problemática de lo expresado anteriormente sería si la política se estableciera a partir de dichos vestigios que aun refieren a lo primitivo, a lo pulsional, a lo tanático; entonces, tanto en contextos tiránicos, como democráticos podrían establecer según su parecer aquello que sería considerado violento o no pacífico; imponiendo también un discurso determinista de “orden” y “paz”, como en las manifestaciones políticas del 2019 en América Latina, en donde los mandatarios llamaban al “diálogo” como los presidentes de turno Lenin Moreno en Ecuador o Jeanine Añez en Bolivia, u otros aludiendo a “garantizar los derechos” o enfatizando como expresó Sebastián Piñeira en Chile de la necesidad de mantener “diálogo transversal”. Sumando a esto, se observaron llamados a la paz por parte de instituciones como la policía nacional, la presidencia, los medios de comunicación que pretendían sostener la imagen de gobiernos disfuncionales y de baja credibilidad. No se niega la expresión del Thanatos por parte de cierto sectores violentos y delincuenciales; pero también manifestada como infiltración de policías entre los manifestantes, asesinato de civiles u órdenes del ejecutivo de disparar a la población civil (Orellana & Nicolás , 2021) así como de la limitación de las redes sociales para transmitir información objetiva y real; cediendo a los medios de comunicación “oficiales” la libertad de emitir de posturas racistas, clasistas o represivas. Esto reflejó la violencia cínica y sistemática constituida a partir de la legalidad, es decir, el Thanatos se manifiesta legalizado desde la autoridad conferida a la institucionalidad en gobiernos llamados democráticos, esto bajo los soportes de la ley y de la carta Magna que podrían instituir a los gobernantes como represores so pretexto de presencia de formas violenta que representen amenaza a sus operaciones e intereses.

En un orden alterno, la postura acertada pero idílica de Hannah Arendt podría implicar una neutralidad a la hora de hablar de democracia y de poder político; entendiendo la necesidad de ser “libres en un territorio delimitado, es decir, ni empujados por nosotros mismos ni dependientes de material dado alguno.” (Arendt, qué es la política, 2019, pág. 46) esto alude a una especie de equilibrio, de sublimación frente a la explotación de ideologías que hoy en la segunda década del siglo XXI vuelven a verse aparentemente encaminándose a la polarización. La crisis económica, ecológica son detonantes supuestos para esta configuración de contrarios; pero, hablar sobre la superación del modo de producción presente, aun cuando implica avocar en la autodestrucción (Thanatos) se torna compleja debido a las nuevas expresiones de adaptación del capitalismo, al desencanto con la izquierda y sus posturas cada vez más catetizadas o saturadas de histrionismo pero también de mordaza. De allí que se pensó que la Pandemia del SarsCov2 implicaría la caída total del capitalismo; sin embargo, su semblante financiero se fortaleció, y extendió la capacidad de endeudamiento de las clases bajas y medias. Particularmente en el Ecuador se manifestó como inyección de capital proveniente del crimen organizado a muchos negocios, pero que tuvo como efecto el fortalecimiento de los engranes no solo del capitalismo financiero sino del capitalismo criminal.

Es decir que, el sujeto cuyos proyectos no pueden desvincularse de un propósito político y civilizatorio, sujetado a una maquinaria que perpetró hasta el mismo Estado y la institucionalidad, se comporta bajo las nuevas configuraciones del mismo modelo; amo y esclavo, dominantes y dominadores, siervos y amos; pero con ciertas redes de codependencia jerárquicas que no fueron considerado por Arendt, ni Tocqueville o Hegel. Precisamente porque la perversión relacionada a la manipulación política corresponde a lo patológico de una élite burocrática, de una colectividad, y de una sociedad enajenada por patrones violentos, signadas por el goce de aquello que implica muerte y violencia. Así como al desgaste de las funciones propias de las instituciones que debieran garantizar el cumplimiento de derechos y la estabilidad del sentido de la política y de la democracia sumidas a una mera especie de teatralidad o simulación.

La perversión implica cualquier acto de flagelación, y la satisfacción articulada a la violencia, que es calculada y monitoreada de manera precisa y exacta, valiéndose de manipulación, de mentira, de teatralidad y de apariencia. La política, hoy, podría entendérsela como prácticas que en ciertas circunstancias y contextos deviene en goces perversos por parte de los gobernantes; entendiendo la condición de una sociedad desbordada que ha instalado entre sus prácticas políticas una encriptación de la violencia y la perversión. Tal como el caso de la violencia sistemática en Colombia, México y a ahora Ecuador, en donde se torna común observar desmembramientos, tortura, extorsión sistematizada, asesinato de estudiantes, desaparición de niños y hasta comercialización de estos. Pero también la violencia cínica de las autoridades institucionales, gubernamentales, debido tanto a su falta de procedimiento como a la acción frente a estas y su evidente ligazón a la perversión; o en otros casos al conformismo frente a una estructura social que pretende normalizar lo violento. Estos hechos y situaciones fácticas tienen efecto en países que dicen vivir bajo democracia y que buscan la libertad como ideal instalado posterior al fracaso del progresismo en América Latina. Alain Touraine acierta dicho fracaso de lo político, de lo jurídico, de la educación; es decir el fiasco de las Instituciones Sociales y frente a lo cual debiera considerárselas críticamente debido a su pérdida del sentido que otrora representaron. Pero esclarece sobre la paradoja propia debido a esta pérdida, por ejemplo, trabajadores, obreros o clase social baja que votan por banqueros y sectores de la derecha extrema; líderes de la izquierda encumbrados económicamente y que pertenecen originariamente a sectores de la clase media alta; así también relevancia al género, a la etnia, sobre el saber o al conocimiento científico y la ética; clases sociales de la burguesía saliendo a protestar bajo términos de “libertad”; comunidades indígenas occidentalizadas de manera que se impone una identidad globalizada y adaptada a los patrones de las redes sociales, y plataformas streaming; pero sobre todo, Democracias que se tornan más burocráticas, elitistas, tecnócratas y desvinculadas de lo social. En relación con esto, enuncia Touraine que “la descomposición de los social pone cara a cara los intereses económicos y los valores culturales, y elimina las instituciones sociales” (Touraine, 2016, pág. 46).

Finalmente, se entiende que la democracia ha perdido el sentido progresista que tuvo en un momento determinado y se torna algo como lo que planteó Robert Michels acerca de la “ley de hierro de las oligarquías” (Michels, 2001) pero regida por burócratas y tecnócratas ya no solo oligarcas, pero sí una élite. También se comprende que la política se encuentra en riesgo de asociarse a la manipulación en contra de la misma sociedad y la vida; imponiendo o asociándose abierta o arteramente al Thanatos. Asimismo, una sociedad en descomposición debido a la pérdida del rumbo, de acción y sostenimiento; enajenada bajo términos de solipsismo e individualismo lanzada al goce por los mismos expertos que gobiernan. Es decir, el Mundo Feliz de Huxley y el 1984 de Orwell se podrían asemejar a los patrones y modelos sobre los que se ha instalado los nuevos esquemas de autoridad, la gobernabilidad, la política y la democracia.

c) La acción frente al Thanatos

Hannah Arendt también refiere sobre dichas dificultades en el campo de lo político considerando la cosmovisión judía. Por lo cual, acuña un sentido de libertad en la contigüidad, en la diversidad que podría verse amenazado por la misma política cuando carece del sentido de “entre”; es decir, asociación, relación o interacción, ante lo cual occidente impuso en un momento el sentido de lo político a partir de lo universal, diluyendo lo plural en el individuo llamado “humanidad”, pero que contradictoriamente se representa en lo impuesto inhumanamente desde la política. De allí que apunta al desencanto y prejuicio por parte de la sociedad contra la Política. (Arendt, qué es la política, 2019). Dichos prejuicios se dan debido al abuso de poder; para los días de postguerra se expresó como bomba atómica; guerra nuclear; hoy en día, dichas arbitrariedades se manifiestan mediante la vigilancia de un “gran hermano” o la idea de “normalidad”, “nueva normalidad”, “inclusión”; es decir, en distintos siglos continuos, se recordaría a Marx y a
Freud de una manera cotejada, entendiéndola como la autodestrucción del hombre por el hombre. La problemática de que no pueda sostenerse más los soportes que contienen la pulsión de muerte desde los distintos puntos geoestratégicos mundiales en un mundo ahora, con pretensiones monopolizadas desde los ideales de Naciones Unidas como expone la agenda 2030, en donde los medios que canalizan la violencia eclosionan bajo los aspectos cotidianos a la época actual.

Estos aspectos son amplios, y son efecto de las políticas que, a nombre de lo civilizatorio, de lo cultural, de lo políticamente correcto, de los programas tanto en salud, educación, comunicación, inclusión, pluralidad, rendimiento y transparencia son indicios muy evidentes del control al que temía Arendt, es decir un mundo que en sus instituciones solucionen los problemas burocráticamente según modelos globales y regido por tecnócratas o expertos. A esto sumado la violencia orgánica e institucionalizada desde el Estado y los gobiernos de turno.

Si quisiera compararse la neurosis con tales situaciones políticas, sería la sociedad el cuerpo perfecto que responde sintomáticamente desde lo extimo (Lacan, El Seminario 16: de un otro al otro, 2013), es decir lo que es íntimo al hombre (como especie, cuerpo, estructura, institución y sociedad) pero manifiestamente expresado a través del sufrimiento, la angustia, el desencanto. Las redes sociales son el parámetro que hoy determina dicho control y
coerción; las aplicaciones como WhatsApp, FaceBook, TikTok y muchas otras más terminaron convirtiendo en los sistemas de vigilancia y control como de goce. Lo laboral se expresa en muchos lugares bajo modalidades virtuales en donde la privacidad queda expuesta, y la totalidad del control pasa a manos de unos pocos, vigilados por números cada
vez más reducidos de expertos.

Todo esto ya señaló la postura arendtiana, y apuntó que en algún momento el control sería tomado ya no por ejércitos regulares sino por cuerpos policiales que se encargarían de articular esta maquinaria política de control administrativo. Expresado bajo los propios términos de ella, lo asume como:

una forma despótica de dominación ampliada hasta lo monstruoso, en la cual el abismo entre dominadores y dominados tomaría unas proporciones tan gigantescas que ni siquiera serian posibles las rebeliones, ni mucho menos que los dominados controlasen de alguna manera a los dominadores. (Arendt, 2019, pág. 49).

Queda así también señalado el anonimato de quien sanciona, pudiendo ser regido por sujetos sádicos, perversos o criminales, cuyo goce es controlar, vigilar y despóticamente gobernar, pero a quienes nadie controla o que desde esferas más altas de poder solapan y sostienen. Lo cual no daría opción a reclamos, a seguimientos y es lo que la vuelve temible; pues los expertos que controlan no tienen límites de ejercer explotación, dominio, sanción, despidos, atropellos, asesinatos, en fin, las mismas instituciones sociales descompuestas y regidas por el Thanatos se tornan los que ejercen el poder político de hoy.

En términos similares; considerar la crisis de la autoridad, es una condición que ha acontecido históricamente desde el mito, la religión, la tradición y las consignas de la modernidad, así como considerar los conceptos a los que se articula, tales como democracia, poder, justicia. Es decir, pensar a las instituciones sociales que hoy en día componen la sociedad, cuestionando en qué manera se encuentran permeadas por la incertidumbre debido a su disfuncionalidad, al desencanto propio que permite conjeturar qué hacer frente a la democracia, la educación, la política y la cultura, todas entredichas; es decir bajo la sospecha de sus propios valores, posturas y suposiciones.

Arendt (2019) plantea dicho cuestionamiento debido a que, si en la modernidad se instalaron valores determinados que fueron cuestionados, como en su momento lo fueron la teogonía, el geocentrismo, la comunidad y que, posteriormente para el siglo XX, los regímenes totalitarios, autoritarios o tiránicos pasaron también bajo análisis y crítica (Arendt, 2019) también hoy, no solo como efecto de la postmodernidad, sino también del propio desencanto, que las nuevas expresiones violentas y agresivas del malestar toman sus formas particulares desde la política y el poder, en este contexto histórico del siglo XXI.

Por lo tanto, hoy cuestionar a la autoridad de aquello sobre lo que se supone potestad o autoridad; no es la excepción. Pero un hecho seguro que ha acontecido a cada etapa de la historia, incluyendo en la actualidad, es que cuando de lo que se supone autoridad empieza a caer, se recurre a la fuerza. Si fallan los argumentos que pretenden mantener a la autoridad, entonces deviene en autoritario. Es decir, asocia coacción con la fuerza y persuasión con
argumentación (Arendt, 2019).

Pero, paradójicamente, significaría también que, la duda sobre la autoridad por una parte implica contestación frente a ella y reacción por parte de esta. Por otra parte, entender que, en su falencia, sería la única condición que podría también sostener las garantías, derechos y estabilidad; entonces de allí que la sociedad, se satisface frente a lo que la
institucionalidad oferta; sin embargo, se desencanta por lo mismo que la autoridad implica. Esto es lo contradictorio del poder, la política y la democracia, de lo llamado libertad. Entonces el goce entendido desde el Psicoanálisis aporta una respuesta particular pero más acertada frente a este dilema, debido a que relaciona las formas de elaborar, y relacionarse con el placer, en donde se aborda el esquema del amo y el esclavo de Hegel (Lacan, El seminario de Jaques Lacan: libro 17: el reverso del psicoanálisis, 2013), así, el esclavo como ciudadano, estudiante, trabajador, empleado público o burócrata suministra satisfacción al amo, un amo hostil representado por el Estado, el patrón, el empleador, el coordinador, el narco-general o supervisor. Pero dicho goce, no implica necesariamente placer como tal, sino un placer que encripta dolor, padecimiento, sufrimiento. Esto se observa en los contextos en donde se ha instalado el autoritarismo o la tiranía, precisamente Arendt lo abordó con precisión al expresar que “cuando la audiencia a la que se dirigen las mentiras se ve forzada, para poder sobrevivir, a rechazar en su totalidad, la línea divisoria entre la verdad y la mentira. No importa lo que sea verdadero o falso si la vida de cada uno depende
de que actúe como si lo creyera verdadero” (Arendt, 2015, pág. 14)

d) La crisis de la razón vs. la política de la muerte

Esto podría significar que no es la razón quien rige, monitorea o regula el comportamiento, la acción o las prácticas en los distintos contextos institucionales de la sociedad; sino el sentido del goce (Lacan, El seminario de Jaques Lacan: libro 17: el reverso del psicoanálisis, 2013), de la satisfacción en controlar, minimizar a los sujetos a un estado de res, cosificar a los actores o sujetos de las colectividades. Por eso Freud ya refirió como la “tercera herida narcisista” (Freud, obras completas: más allá del principio del placer, Psicología de las masas y análisis del yo y otra obras: 1920-1922- 2a ed. 16areimp., 2013) que el yo no es amo en su propia casa, es decir son pulsiones tanáticas que apuntan desde un aparato de control social sobre la sociedad en general y la esperanza de un salvador, mesías o caudillo satisfaga a una población que paternalmente requiere el dominio de un amo.

Pero otro factor crucial al hablar de política, violencia organizada y control es entender tanto los aspectos propios de la naturaleza de la psiquis humana, del comportamiento, de la pulsión del hombre, de sus funciones tanto desde lo consciente como lo inconsciente (Rebustillo & Bermúdez Sarguera, 2006). Entonces al abordar la política como una institución desde donde podría darse el imperio de la perversión y la violencia. Una estructura que, entendiendo sobre el psiquismo humano y sus condiciones propias de lo sintomático, de lo pulsional, del goce como tal; en sí, de las necesidades propias del hombre: económicas, sociales, sexuales, lúdicas, intelectuales (Vázquez, 2017). En fin, se estaría hablando de una maquinaria con las posibilidades de manipular desde el poder político a manera de laboratorio social en donde la economía, la educación la comunicación, la cultura, etc. se encuentran sostenidas por la descomposición de la política.

También queda revelada la crisis ética debido al empleo de la Neurociencia y del Psicoanálisis por parte de la institucionalidad y del poder burocrático para poder agudizar sus maneras de dominar políticamente. Pero también buscando perpetrar desde lo inconsciente, construyendo, diseñando, ensayando variables que generen los efectos deseados por los gobernantes. Entonces al expresar que “el yo no es amo en su propia casa” revela que la razón, la lógica, la verdad, se tornan disimiles a la realidad y entramados elaborados por la política para la educación, la cultura, la comunicación.

Por tal razón, se observa hoy maneras de convencimiento en los distintos campos de las ciencias prefijadas como: Neuromarketing, Neuroeconomía, Neuroeducación, etc. Como si acuñarle el término de “neuro”, que hace referencia al sistema nervioso, a lo sensorial, a lo psíquico, se garantizara un sentido de dominar, desde aquellas ciencias que pretenden instaurar un orden, educando, gobernando, dominando violentamente. Por tal razón, el estudio de lo inconsciente torna también vigencia al entender los aspectos de imposibilidad de gobernar totalmente, o educar deseadamente (Fages, 1989).

Es en virtud de tales razones, se entiende de qué manera la gobernabilidad se relaciona con las ciencias del comportamiento, lo que se torna cardinal para cuestionar y entender los usos del poder que imperan desde la política, la economía o la educación. Se fetichiza la mercancía por parte del consumidor, pero se fetichiza paralelamente a los sujetos de las colectividades, de la sociedad en general por parte del que oferta. Un juego similar a los desprendimientos de objeto que ocurren desde la instauración del Yo, en donde entre la madre e hijo se establece una ligazón que consiste en subjetivar al niño en la medida en que se subjetiva la madre; pero al ella subjetivarse, esta se objetiva para el niño (Aragonés, 1999). Esto último llega a entendérselo desde el narcisismo; obviamente, la pretensión no es abordar dicho fenómeno a profundidad, sino entender la dinámica del juego entre aquello que se objetiva y subjetiva. Por supuesto, la política, en sus dinámicas de poder, presenta condiciones similares, los sujetos sociales se objetivan para las grandes industrias, pero a su vez se desubjetiva para el mercado o las distintas industrias para convertirse en objeto; esto en virtud de una necesidad, de consumir para un estatus o ser consumido para el mercado, así como para la violencia institucionalizada.

Este consumo es múltiple, pues los objetos de consumo presentados son variados, desde posiciones y condiciones deseadas vitales para un nivel de desarrollo, tales como, por ejemplo: obtención de una beca de estudio a cambio de una afiliación política, o de disentir de una ideología a cambio de un puesto laboral, el mantener una posición laboral a cambio de trabajar a deshoras. Pero así también consumo de condiciones no vitales tales como: endeudamiento por entretenimiento, endeudamiento por un nuevo producto que se impone como moda, uso de tales objetos de tal o cual marca para aceptación social, etc. Empero, la política está implicada en esto, pues es a partir de esta que se permite el uso discriminado de propaganda de consumo, de uso o abuso, tal como los objetos que el niño va dejando en su proceso de desarrollo psicosexual (pecho, falo, mirada) el sujeto político, el sujeto del “entre nos”, en medida que se comporta de manera que se aferra a nuevos objetos a alcanzar, que deja, y retomar otros nuevos pero que cada uno dejan una impronta para instaurar nuevas huellas de los próximos objetos del mercado: estudio, empleo, casa, familia, auto, jubilación. Y la accesibilidad a estos se presenta sin restricciones directas, en un contexto democrático, libre, en donde la política más brutal y tanática, a veces, puede ser el objeto al que no todo sujeto tiene la accesibilidad económica, laboral, o social; siendo así, la dominación política se expresa no solo a partir desde la violencia gubernamental, sino desde las necesidades.

Entonces los objetos se tornan en el amo: el amo trabajo, el amo régimen, el amo casa, estatus, familia, y el amo política, sostenidos por el amo comunicación social, el amo educación como de uno nuevo, el amo de la violencia organizada, de la adicción, de la narcocultura. Pese a que suene pesimista, se comprende que los sujetos de la sociedad se encuentran impelida por vínculos que buscan sujetarlo; pero a su vez se torna objeto de estos otros objetos a ser consumidos, utilizados, abusados en donde la política de estado y gubernamental, en general, ha devenido especialista para esto.

Conclusiones

Es así como mediante estos anales que van entre la política, la concepción de Hannah Arendt, como por el Psicoanálisis y la misma Psicología pretenden transmitir que el Estado y las élites socioeconómicas concebido clásicamente hoy se halla ante un aparente ocaso; no solo en Ecuador sino en América Latina; frente a lo cual la acción política podría considerarse una propuesta relevante hoy.

Por otra parte, la crisis del Estado, de los gobiernos como tal se haya reflejada en la insostenibilidad frente al crimen organizado que cada vez se inmiscuye e infiltra en la política, en el gobierno y la justicia, de lo cual devienen también formas represivas y de control social e instaurándose como formas agresivas de cultura o gubernamentales.

Frente a este escenario de la agresividad como medida del ejercicio del poder político también se haya la crisis de las instituciones, partidos o movimientos sociales que se hayan también en muchas ocasiones infiltradas por la violencia organizada. Por lo tanto, la acción política buscaría abordar estas desviaciones desde la institucionalidad desde la
sociedad civil, sin embargo, los propios organismos de seguridad se hayan en tela de duda debido a su máscara caída y reflejo de su naturaleza.

El poder ejercido burocrática o gubernamentalmente frente a la sociedad civil presenta una lucha dicotómica, ante lo cual el Thanatos se haya también instaurado como la medida política. En donde el Estado recurre al uso de la violencia como al empleo del crimen estatal.

La cultura es un factor también saturado del lenguaje de la violencia como de dispositivos que refuerzan patrones agresivos a imitar y reproducirse en la institucionalidad en general. Frente a esto concebir el Eros desde el arte, la acción social, lo comunitario, la integración, se tornan escenarios posibles frente al mismo Thanatos que implica la autodestrucción de la nación, del gobierno y del Estado.

Tanto la pulsión de vida y muerte (Eros Vs Thanatos) se reflejan en la praxis y el ejercicio del poder tanto horizontal como verticalmente; sin embargo, la autodestrucción recurre mediante las formas variadas de desviación social (crimen organizado), en donde el poder empleado desde la burocracia y los gobiernos, afectan y vulneran las posibilidades de cambio, contestación o acción.

Referencias bibliográficas

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Arendt, H. (2015). Crisis de la República. Madrid: Trotta.
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