«6 de agosto, 150 años después, las lágrimas de los cocodrilos buscan perpetuar la amnesia”

SIN MEMORIA, NO HAY FUTURO.

por: Alexis Ponce

Dedicado a mi mejor y siempre proscrita escritora: Alicia Yánez Cossío.

Recuerdo que, en pleno régimen de la Revolución Ciudadana, en el año 2015, sectores reaccionarios de extrema derecha y ultra conservadores del Ecuador en agosto de aquel decidor año, prepararon el «gran acontecimiento de la memoria nacional», anunciando en editoriales llorosos, artículos indignados y libros enjundiosos, sus lágrimas recordatorias, los entonces 140 años de la memoria del asesinato de «don Gabriel García Moreno», ‘el santo del Patíbulo’ como lo definiera, para siempre, nuestro Benjamín Carrión.

En editoriales ‘alabanciosos’, como el que entonces publicara en «El Universo» el ex- Ministro de Educación del gobierno Durán Ballén, el Sr. Eduardo Peña Triviño; o en preparativos de tufillo regionalista, que reivindicaron “la guayaquileñidad de García Moreno” (‘El Doctorcito’ como la mansa muchedumbre católica lo trataba en su tiempo); o en disimuladas simpatías por el tirano demostradas en ‘progresistas’ conversaciones en voz baja, o en indisimulados discursos sin fundamento ideológico serio ni profundo sustento histórico alguno, entre sollozos y llantos por “el gran estadista asesinado”, se cocinaba una incipiente guerra cultural inicial por la memoria, que ha tenido un siglo y medio de prólogo histórico distorsionado.

Del lado izquierdo de la vida y del pensamiento, nadie salía al frente, con mi excepción de terca mula revolucionaria que se mete en líos donde nadie le ha pedido que se meta.

Que esas lágrimas fueran y sean aún vertidas no es nada difícil en un pueblo que condenó a sus victimarios al infierno del olvido y lloró a mares al teócrata, en tres días y sus noches seguidas de interminable y lóbrego funeral, que pasó a la historia gracias a la pluma de García Márquez, pues este país, sin ser nombrado, entró en su discurso al recibir el Nobel en 1982, debido al inolvidable funeral de cuerpo presente del tirano, y además en posición de sentado en su sillita, cuál más sino la presidencial, para siempre embalsamado y maquillado, para que no se le noten los tajos del machete en la cabeza, cara y cuerpo, con su elegante uniforme, su tricornio y su penacho, ya eterno en el palacio como su deseo de reelección indefinida, que a un tris estuvo de lograrla, “de no ser por el asesino Rayo”.

Tétrico el cadáver presidencial, como abundante el llanto derramado por su pueblo de fieles seguidores, llorosos jesuitas y miles de beatas que, hipando, moqueando y llorando a baba tendida, miraban con venerado respeto a su eterno caudillo.

Cómo sería el fanatismo ultraconservador, que una canción de cuna de la época, que se cantaba a los bebés, y que yo la repetía cantando a mis amadas Infantas, decía:

«Parece paloma blanca,
Parece gallinacito,
Parece el teniente Flores,
Parece García Moreno».

El teniente Flores, por supuesto, era el moreno General bolivariano Juan José Flores, como me lo explicaba una bisabuelita a quien oí cantar a un bebé, mientras esperábamos al pediatra que atendiera a nuestras respectivas guaguas.

¿Debe llorar la memoria?

Este 6 de agosto y cada uno de los siguientes, sí… pero ¡Por ROBERTO ANDRADE, MANUEL POLANCO, ABELARDO MONCAYO, MANUEL CORNEJO y JUANA TERRAZAS! ¡No por García Moreno! Nada de llorar, muchachas. O sí… por alguien o algo que lo merezca, jamás por un tirano fusilador.

Llorar sí, pero por aquel manojo de jóvenes revolucionarios de pensamiento y obra, por esos chicos proscritos, patriotas de verdad y seres humanos inermes que hasta hoy permanecen expulsados de todo lugar y tiempo, de «la Historia oficial» y de la mentirosa educación de historia escolar, donde fueron prohibidos y desalojados, porque ese fue el castigo que otorga el Ecuador: que nadie sepa sus nombres.

150 años en total silenciamiento de sus apellidos, vidas e historias, por haber sido los reales conspiradores y ejecutores del tiranicidio de 1875.

Eran muy jóvenes, tanto que un libro valeroso, “La Dictadura Perpetua”, de un exiliado célebre, Juan Montalvo, lo leyeron de un tirón, a la luz mortecina de las velas decidiendo pasar a la acción de inmediato. De allí salieron jurando la tarea. Veinteañeros casi, y una mujer entre ellos, la bella Juana Terrazas, y con ella Polanco, Cornejo, Moncayo, «los cachorros de Montalvo» como los llamó con ternura Raúl Andrade… Y, sobre todo, el mayor de todos: Roberto Andrade, cuya biografía, lucha, soledad, vejez en la orfandad, pobreza y vida perseguida, retrata muy bien al país en el que nacimos.

Estos muchachitos sí, un día me hicieron llorar: el día en que supe por fin que ellos fueron los héroes traicionados del 6 de agosto, no el colombiano cornudo, que razones legítimas quizás también tuvo, pero que convirtieron a un tiranicidio ejemplar, el único exitoso ejecutado en el país consagrado al Corazón de Jesús, en asunto de alcoba o venganza primitiva.

Fueron decenas de conspiraciones y planes de para matarlo, contra García Moreno. Él mismo aseguraba: «Mis enemigos están en el deber de matarme, porque los extermino».

En muchas de ellas participaron éstos, los niños de Montalvo, y en especial el joven Andrade. Pero la del 6 de agosto fue la definitiva: todo alumno de primaria y secundaria, con la lógica excepción de los sectores más conservadores e integrantes extremos de la iglesia católica, que seguramente se indignarán con la propuesta, debería leer y recordar la frase de los conjurados: “En nombre de la Patria, ¡tirano, muere!”.

Este país tiene un deber inconcluso: cuando el facho GDO termine, porque jamás voy a pedirle a los bisnietos del tirano que reivindiquen a los heroicos tiranicidas, será necesario recordar después de manera oficial o por lo menos social y organizativa, a esos púberes prohibidos, publicar sus proscritas obras, en especial las de Roberto Andrade, modificar la matriz educativa de la historia oficial que nos contaron un siglo y medio, dejar de lado la infinita manipulación parcializada de la historia incompleta: la de Faustino Rayo, y colocar los apellidos de estos jóvenes en el justo lugar: el del recuerdo libre.

Que ellos no se avergonzaron jamás de haber roto la tiniebla, combatido la neblina y defendido la libertad, la república y la luz. Esos muchachos siguen prohibidos un siglo y medio después. Una sola vez, se cuenta, el Estado financió, en el gobierno de Eloy Alfaro, la edición de una parte de la monumental obra escrita por ese intachable intelectual revolucionario llamado Roberto Andrade, más conocido por su novela realista “Pacho Villamar”.

Todas sus obras históricas fueron extrañamente requisadas, como sucedió en mi época con “El testigo” del ex agente del SIC-10 Hugo España, o compradas de una sola, adquiridas sus ediciones completas por manos extrañas, preocupadas de que alguien más fuera a leer esta otra cara de la historia. Hasta de las bibliotecas públicas desaparecieron sus libros. E incluso Alfaro, que quería mucho y a la vez tenía recelo de Roberto Andrade, ya de gobernante dudó publicarle sus obras, para evitarse problemas con los retrógrados de dentro y fuera, aunque siempre quiso con cariño y respeto al historiador y combatiente que tanto quiero.

Les digo que la censura prohibitiva de los nombres de estos revolucionarios y del tiranicidio exitoso llevado a cabo, sigue un siglo después, en especial contra las obras de Roberto Andrade: fui con una mujer culta, inteligente y hermosa, “en calidad de testigo”, a la querida Biblioteca jesuita Aurelio Espinoza Pólit, a que la conociera tan inolvidable lectora y escritora, quien me prometiera escribir el pasaje vivido. Ella oyó mi repetitiva y candorosamente provocadora pregunta que hacía a todo el personal técnico que atiende en la sala de consulta de la biblioteca amada: «No señor, hemos revisado todos los catálogos, listas, archivos e índices, y no hay una sola obra del autor que usted nombra». «¿Tal vez lo tengan en el Índice de Libros Prohibidos por la Inquisición Jesuita?», les provocaba, hasta que la respuesta fue tajante: «No hay un sólo libro de ese autor en toda la biblioteca».

Es un deber conocer, también, la tesis de la felonía del tirano, narrada magistralmente por nuestra Alicia Yánez Cossío en «Se que vienen a matarme». Esa felonía consistió en haber mandado a su «compadre», Faustino Lemus Rayo, tan lejos, de gobernador a Archidona y Napo, para que muera de paludismo o culebra, y así él («el Chivo» Trujillo de la aldea) poder seducir a la bella mujer, la esposa de Rayo, Mercedes Carpio, quien terminó sus días señalada en este país de hipócritas gestos y miserables mezquindades, pero digna y con la frente en alto.

Sólo más tarde los revolucionarios que sobrevivieron, confirmaron que, en medio de tantas conspiraciones, tras Rayo, manipulándolo, estuvieron golpistas al mando del General Salazar, quien prometió a «los cachorros de Montalvo» un golpe de Estado en apoyo a los rebeldes, siempre y cuando maten al psicópata dictador civil. Por eso, ipso-facto, al estilo Lee Harvey Oswald, matan a Rayo, impidiendo así su testimonio en el juicio contra los conspiradores, todos civiles para la «justicia», entre ellos Roberto Andrade, quien debió exiliarse casi toda su vida.

Hay otra tarea juvenil: no dejar la palabra solo a los mitómanos y a quienes realzan excelsos panegíricos al “santo del patíbulo”.

Tenemos por igual, o tengo, mejor dicho, la tarea de confrontar las tesis de quienes reescriben «La Historia», como hace diez años lo hice, en reacción contra el editorial del Sr. Eduardo Peña Triviño, ex- ministro del Arq. Sixto Durán Ballén, régimen conservador al que le fastidiaba tanto nuestra Manuela Sáenz, que quiso someter a «consulta popular» si su proscrito rostro, o el de Santa Mariana de Jesús, debía ir impreso en los billetes del fenecido sucre.

Finalmente, debemos confrontar las tesis de hagiógrafos y panegiristas, incluso las de ese respetable e ilustrado conservador que es Hernán Rodríguez Castelo.

No podré anexar en este editorial para Ecuador Today, por el peso, el libro desconocido y prohibido a las grandes masas, ya 150 años: «EL 6 DE AGOSTO», de Roberto Andrade, una obra que debiera ser material formativo de todos y todas, especialmente de los chicos y niñas escolares, y parte de las obras completas del autor, pues cuando escribí el génesis original de este texto, hace diez años, en el 2015, padecíamos ¿el quinto o sexto? Ministro de Cultura del gobierno progresista de aquel momento, a quienes pedíamos, en vano, que ojalá instruyan su publicación un día.

Y si el progresismo tuvo esos límites y chocaba internamente entre fuerzas y pensamientos liberales de izquierda y conservadores de derechas, en torno a García Moreno y, más todavía, en torno a intentar reivindicar la memoria de esos revolucionarios juveniles que lo ejecutaron, ¿Qué podíamos esperar de las bestias de gobiernos siguientes, Moreno, Lasso y Noboa, ese tricornio oligárquico, esa lumpen burguesía de pesadilla, que como bien describía Roque Dalton a la de su país, no es sino una «Asna con garras»?

Es un deber con la memoria el que tendrán las generaciones progresistas y revolucionarias de hoy y, sobre todo, del mañana: lograr que se publiquen las obras “malditas” de un autor nacional que, antes que nada, fue un Patriota con mayúsculas, y cuyos libros continúan censurados por la peor de las extremas derechas, cofradías secretas y la peor de las oligarquías bananeras, la astuta pero inculta oligarquía ecuatoriana. Ya Roberto Andrade, en su tiempo, las retrató. Pero eso será tarea escrita de otro momento. Para que usted, la militancia y mi país, recuperen la memoria algún día.

 

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