Venezuela: Trump está olvidando las lecciones de Medio Oriente

Por Romero Kelánico / Time

Las amenazas del presidente Donald Trump con el fin de derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela demuestran que Estados Unidos no ha aprendido nada de casi 25 años de desventuras en el Medio Oriente, donde el historial de victorias y derrotas estadounidense deja dolorosamente claro que los cambios forzados de régimen desencadenan más problemas de los que resuelve.

Derrocar por la fuerza al régimen de Maduro podría romper a Venezuela y estimular el caos en nuestro propio hemisferio.

La Administración Trump ha estado paulatinamente aumentando la presión sobre Maduro. Estados Unidos comenzó una acumulación masiva de fuerzas militares en el Caribe en agosto y anunció un ataque contra un presunto barco de drogas frente a la costa de Venezuela al mes siguiente. Los ataques han continuado desde entonces a pesar de que Estados Unidos no ha presentado evidencias que vinculen dichos barcos al tráfico de drogas, y en octubre Trump confirmó que la CIA está llevando a cabo operaciones encubiertas dentro de Venezuela.

Según distintos informes y declaraciones públicas, el pasado 21 de noviembre Trump conversó de forma no presencial con Maduro y exigiendo su salida inmediata de Venezuela. La semana siguiente, Trump declaró al Cartel de los Soles como un grupo terrorista, vinculó a Nicolás Maduro con dicha organización, proclamó cerrado el espacio aéreo venezolano y auspició la «pronta caída» del actual gobierno bolivariano de Venezuela. El siguiente episodio relevante tendría lugar el 10 de diciembre, momento en el que Estados Unidos se apoderó de un petrolero frente a la costa de Venezuela.

Según los informes, la Administración Trump también estaría ya trabajando en planes relacionados al día siguiente de que Maduro sea destituido de su cargo.

Todavía no está del todo claro si las acciones de Trump son faroles para asustar a Maduro y forzar su renuncia o sin son precursores genuinos de un pronto ataque militar estadounidense sobre Venezuela. Pero en todo caso, si la definición de locura está en pretender que haciendo lo mismo de siempre se obtenga un resultado diferente, entonces coquetear con el cambio de régimen en Venezuela es una locura, dado lo miserablemente que han fracasado en este sentido los muchos intentos de Washington en el pasado.

Sacar a los talibanes del gobierno de Afganistán, tras los sucesos del 11 de septiembre, tan solo tomó ocho semanas y la movilización de unos 2.300 soldados estadounidenses en alianza con rebeldes afganos. Sin embargo, la guerra terminó empantanándose en una ocupación de 20 años que alcanzó una movilización en territorio 100.000 soldados en su apogeo y no logró instaurar un régimen democrático en el país.

En Irak, las principales operaciones de combate para deponer a Saddam Hussein tomaron menos de seis semanas, pero las fuerzas estadounidenses lucharon contra la insurgencia posterior durante casi nueve años antes de retirarse del país en 2011. Tres años más tarde, las tropas estadounidenses se redistribuyeron para luchar contra el Estado Islámico después de que capturaran aproximadamente el 40% del territorio iraquí. Al día de hoy, aun permanecen en el país unos 2.500 militares estadounidenses.

La desastrosa intervención militar estadounidense en Irak y Afganistán dejó, en conjunto, un saldo de aproximadamente 7.000 soldados estadounidenses muertos (siendo notablemente mayor el número de víctimas iraquíes y afganas), un costo económico cercano a los 4,4 billones de dólares y el descrédito estructural de toda idea asociada a un cambio de régimen exitoso impuesto mediante la ocupación militar extranjera sobre el terreno.

La Administración Trump puede creer que mediante un gran intervención militar en Venezuela se derrocará, con poco costo y riesgo, de forma rápida a Maduro. Sin embargo, las fuerzas estadounidenses acumuladas en el Caribe (alrededor de 15.000 soldados, junto con aviones, buques, misiles, drones y equipo expedicionario) son insuficientes para asegurar una rápida invasión completa. Todo apunta a que la intervención inicial contra el régimen bolivariano en Venezuela sería mediante ataques aéreos y operaciones terrestres de alta complejidad realizadas por unidades élite, dejando para una fase posterior la posibilidad de expandir y elevar el nivel militar de la intervención en función de los resultados.

Lo descrito anteriormente tiene como antecedente histórico lo ya sucedido en Libia hace poco más de una década. En 2011, los ataques aéreos de Estados Unidos y la OTAN derrocaron al régimen de Muammar Gaddafi en Libia a un costo económico relativamente bajo y sin víctimas de la coalición. Sin embargo y a la postre, el resultado de desestabilizar Libia fue desastroso. La inestabilidad política terminó por hacer de Libia un centro de tránsito superior para el tráfico de personas, dejando al país dividido y bajo riesgo permanente de nueva guerra civil.

Para ser claros, Maduro es impopular y el ejército de Venezuela es débil. No obstante, lo anterior no garantiza que su régimen se derrumbe sin plantar resistencia o que surja una Venezuela post-Maduro políticamente estable.

Estados Unidos ha evitado los peores efectos secundarios de sus intervenciones en el Medio Oriente gracias a la distancia que le separa de aquella región, cosa muy distinta de lo que sucedería ante un caos similar desatado en América Latina. La ironía aquí es que las propias acciones de Trump podría terminar por empeorar los mismos problemas -migración, tráfico de drogas, seguridad, economía y demás- que aparentemente busca aliviar.

Venezuela no es el Medio Oriente.  El país tiene vecinos pacíficos y una larga tradición democrática. Pero su enorme riqueza petrolera le lleva a padecer de la misma “maldición de recursos” que ha fomentado la guerra civil, el autoritarismo y la inestabilidad en el Medio Oriente. Eliminar a Maduro por la fuerza, en lugar de dejar que el cambio se desarrolle orgánicamente, implica una apuesta peligrosa que corre el riesgo de enredar a Estados Unidos en una nueva guerra interminable, pero esta vez con mayores riesgos debido a la proximidad geográfica del territorio en disputa.

Maduro es un tirano, pero los riesgos de expulsarlo son sustanciales. No es de extrañar que el 70% del público estadounidense se oponga a una posible acción militar. En la campaña electoral, Trump prometió poner fin a las guerras para siempre, no comenzarlas. Atacar a Venezuela rompería esa promesa y mutar del America First al  America Last.

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