Irán, crónica de una crisis que no termina en caída, sino en transformación

Por Bryan Acuña Obando

La República Islámica de Irán atraviesa desde inicios de esta década, la crisis más profunda desde su consolidación tras la Revolución Islámica del año 1979, pero a diferencia de ciclos previos de tensiones como la “Revolución verde” del año 2009 por temas electorales, la ola de protestas económicas de los años 2017 y 2018, la rebelión por los precios de los combustibles en 2019 y las marchas por las mujeres del 2022, lo que ocurre actualmente no puede entenderse como una mera ola de protestas coyunturales, sino como una crisis sistémica multidimensional que combina elementos del deterioro económico estructural, la erosión de la legitimidad ideológica del régimen, presiones sociales sostenidas, tensiones internas en las élites del poder y un entorno geopolítico extraordinariamente adverso entre bloqueos económicos, rechazos al proyecto nuclear iraní entre otros.

Pese a lo anterior, asumir que esta crisis conducirá de forma automática al colapso del régimen sería un error de análisis, por cuanto la historia comparada del autoritarismo muestran que la intensidad del descontento social no es condición suficiente para una transición política, mucho menos cuando hay aparatos coercitivos al mando del régimen, cuando existe una ausencia de oposición organizada con capacidad de reemplazo estatal y actores externos más interesados en la estabilidad que en la ruptura, pese a que incluso muchos de estos tienen diferencias profundas con el régimen gobernante, no se trata de derrocar al régimen, sino mantenerlo tan débil que no sea más una amenaza.

Es importante enmarcar que la República Islámica se ha sostenido durante décadas sobre un contrato social implícito, basado en restricciones de libertades políticas a cambio de estabilidad, del fortalecimiento de su identidad nacional (teocrática) y cierto bienestar material, es quizás el elemento de debate actualmente que se ve erosionado.

Actualmente, Irán ya no enfrenta una crisis ideológica aislada, sino una crisis de gobernabilidad: el sistema continúa funcionando, pero lo hace con costos crecientes de coerción y con una legitimidad social en declive constante, así lo menciona el politólogo iraní – estadounidense Vali Nasr.

Las protestas recientes, que combinan demandas sobre problemas económicos, el rechazo hacia el control social del clero y cuestionamientos directos al Líder Supremo Alí Jamenei, no obedecen a un liderazgo central, sino más bien, se trata de manifestaciones de agotamiento estructural, con fuerte presencia de jóvenes urbanos, mujeres, trabajadores precarizados y sectores tradicionalmente pasivos como los comerciantes de los bazares, quienes además fueron los primeros en protestar.

Por lo tanto, la actual protesta iraní no busca reformar el sistema desde dentro, sino que expresa una desafección profunda con el modelo político-religioso. Sin embargo, esa desafección no se ha traducido en una alternativa estatal coherente.

Es importante señalar que el deterioro económico iraní no es coyuntural, sino que responde a cuatro factores principales:

  1. Régimen de sanciones prolongado y sofisticado.
  2. Dependencia histórica de recursos estratégicos como el petróleo y el gas que no permiten el crecimiento de otros sectores.
  3. Distorsión del mercado por estructuras paralelas no estatales controladas por la Guardia Revolucionaria.
  4. Mala gestión fiscal y monetaria crónica, llevando al rial a una devaluación persistente.

A lo anterior se suma la inflación persistente, el encarecimiento de alimentos y medicamentos y el desempleo juvenil, todo esto como parte de la tormenta perfecta para erosionar la capacidad del Estado de controlar la estabilidad.

Además, la crisis económica no afecta de forma simétrica a todos los actores del Estado, porque, mientras amplios sectores sociales pierden poder adquisitivo, la Guardia Revolucionaria mantiene accesos privilegiados a contratos, importaciones, proyectos de infraestructura y redes comerciales paralelas.

Lo cual genera una paradoja central, el colapso económico debilita al régimen en términos de legitimidad social, pero fortalece el peso relativo del aparato militar-económico, que se convierte en garante de supervivencia del sistema, cambiando el paradigma inicial del control del líder supremo a un empoderamiento del aparato bélico y coercitivo del Estado, haciendo uso de la fuerza para reprimir protestas, aquí es donde aparecen la Basij y la IRGC como columna vertebral del régimen

La milicia Basij es el primer anillo de contención interna, con intenciones de control social, vigilancia local y represión de baja intensidad, teniendo como fortaleza en la forma en la cual se extiende a nivel territorial y en su integración con estructuras comunitarias del país.

Por otro lado, la IRGC es el actor decisivo del sistema iraní, siendo como señalaban el analista y escritor Ray Takeyh y Frederic Wehrey del Carnegie Endowment for International Peace, esta organización es un aparato híbrido, que mezcla la fuerza armada, el conglomerado económico, redes de inteligencia y actores políticos informales.

Los golpes desde el exterior por parte de Israel, el asesinato selectivo de algunas de sus figuras y la presión regional han logrado afectar las capacidades específicas, pero no han fracturado la cohesión institucional de la IRGC, sino que mantienen su narrativa de “fortaleza bajo asedio”. Sumado a que la IRGC no es monolítica ideológicamente, pero sí pragmática ya que su prioridad es la preservación del Estado que garantiza su poder.

¿Existen riesgos de que Irán se divida o balcanice? La respuesta corta es que no, ya que, desde una perspectiva práctica, el país no muestra condiciones estructurales de una desintegración territorial inminente. Y si bien hay tensiones entre grupos étnicos minoritarios, estos no tienen un control pleno sobre territorios de manera efectiva, no tienen reconocimientos desde el exterior y no cuentan con capacidades militares similares a las fuerzas del gobierno y sus guerrillas aliadas.

Sanam Vakil directora del Programa de Oriente Medio y Norte de África en Chatham House señaló que el nacionalismo iraní, incluso entre sectores opositores al régimen, es un factor de cohesión importante, por lo que una balcanización no sería el riesgo inmediato, sino la fragmentación del poder central, aunque este no es un escenario de cuidado actual, así como tampoco un riesgo la existencia de una oposición al régimen en el interior o exterior, porque en ambos casos son o débiles o socialmente poco cohesionados.

La oposición no cuenta con un liderazgo nacional definido, tampoco un programa político consensuado, menos una estructura organizativa, por lo tanto, pueden ser una fuerza de presión, pero no de reemplazo, por cuanto los regímenes autoritarios caen cuando las élites se fracturan de manera organizada, no solo cuando la sociedad protesta.

Por otra parte, la diáspora iraní es activa, visible y mediática, pero a nivel estratégico, desconectada del terreno interno, contando además con divisiones ideológicas y personales que limitan su capacidad de actuar como alternativa creíble de gobierno.

Ni siquiera la figura Reza Pahlavi hijo, heredero del último Shah de Persia puede hacer mucho ya que su fortaleza principal es más simbólica que realista, representando una ruptura clara con el islamismo político y ofrece a ciertos sectores la imagen de un Irán secular y normalizado. Pero nuevamente carece de elementos de control, de poder militar o de base política al interior del país que le pueda ayudar con una transición real.

El descendiente del último monarca persa no podría asumir el liderazgo efectivo de Irán sin una transición pactada con sectores del poder profundo, especialmente la IRGC. De lo contrario, correría el riesgo de convertirse en una figura dependiente de intereses externos, como ocurrió en otros casos de liderazgo exiliado, transformándose en un títere del exterior, ni siquiera hay claridad en el tipo de régimen que quiere impulsar, aunque algunos apuntan que sería una especie de monarquía democrática que podría facilitar el proceso hacia afuera en el reconocimiento y facilidades para el país lo cual en estos momentos es solo un supuesto.

En cuanto a los actores externos, países como Estados Unidos o los miembros de la Unión Europea tienen como prioridad la no proliferación nuclear y la estabilidad regional del país, no abogan por una caída desestructurada del régimen, porque “iraquizarlo” sería peor que la continuidad actual.

De una forma similar lo vería el gobierno de Israel, quien buscaría debilitar la capacidad regional de Irán, especialmente a la IRGC y sus proxis, pero no desea un vacío de poder impredecible porque lidiar con algo desestructurado podría ser peor que mantener el contacto tenso con actores ya conocidos.

Para los aliados de Irán, Rusia y China preferirían la continuidad del régimen, funcionando como amortiguador, pero no como garantía de continuidad del régimen, ellos están dispuestos a negociar con quien esté mientras les mantengan las condiciones, ciertamente ningún actor externo relevante impulsa activamente la desintegración del Estado iraní hacia una condición anárquica insostenible, pero tampoco están dispuestos a ir a un conflicto para preservar el statu quo.

¿Qué pasaría si colapsa el régimen religioso en Irán? Esto podría eliminar el principal mecanismo de equilibrio entre clero, militares y el aparato estatal, por lo que los escenarios posibles irían desde una sucesión del clero hacia uno que sea respaldado por la IRGC, pero controlado por estos, pasando por un liderazgo colegiado temporal, la tercera opción sería un Estado gobernado por un militar elegido de entre las filas de la IRGC, al estilo egipcio con Al Sissi, o por último, la posibilidad del colapso del sistema, lo cual nadie quiere, excepto quizás actores que buscan tomar este rol de líder estratégico en Medio Oriente y sus zonas de influencia, como los Estados del Golfo o Turquía, como sea, la transición se tramitará desde dentro del sistema y no bajo los parámetros externos, salvo que quieran correr con el altísimo precio que hay que pagar por involucrarse.

Irán no se encuentra ante una revolución clásica ni ante un colapso inminente del Estado. Se encuentra en una crisis prolongada de legitimidad, con alta presión social, deterioro económico y una élite gobernante que se prepara para una transición compleja.

El escenario más probable es una reconfiguración autoritaria del sistema, menos clerical y más securitaria, antes que una transición democrática inmediata. El desenlace no será rápido ni lineal. Irán no está al borde del final, sino al inicio de una fase larga, incierta y profundamente estratégica de su historia política.

Fuente: https://elmundo.cr
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