Por Juan Cuvi.
Que Donald Trump es un bufón no está en discusión. La discusión es si se trata de un bufón programado o de uno espontáneo. O una mezcla de ambos.
La intervención que hizo en el Foro de Davos es una combinación tóxica y explosiva entre una retórica grotesca y unas propuestas que, lamentablemente, tienen repercusiones ineludibles en la política mundial. Su discurso fue una retahíla de groserías, exabruptos y rusticidad incompatible con su condición de presidente de una república. De cualquier república. Pero, al mismo tiempo, define la agenda política global.
Lo que genera incertidumbre a todo nivel es que esa retórica insulta y pendenciera provoca impactos reales. Algunos, inclusive devastadores. Las provocaciones de Trump, que en muchos casos van acompañadas de iniciativas palpables, han incidido en situaciones de trascendencia planetaria, ya sea para contenerlas o para empeorarlas. El genocidio en Gaza no se ha detenido, pese a sus amenazas o a sus promesas de solución. La guerra en Ucrania escala en brutalidad. La represión migratoria en Estados Unidos se deshumaniza cada día más. Los afanes expansionistas en Canadá y Groenlandia están provocando una indignación generalizada. A menos que el objetivo final sea una conflagración de proporciones bíblicas, su retórica agresiva y descalificadora podría entenderse como una estrategia ramplona para recuperar poder e influencia. Y a ratos parecería que lo está consiguiendo.
Lo real de esta situación, hay que reconocerlo, es que con cada intervención pública Donald Trump pone al mundo entero en ascuas. No solo porque estamos frente al presidente de la primera potencia militar del planeta, sino porque es un personaje que ha demostrado carecer de filtros y de visión a la hora de tomar decisiones. Por ejemplo, se ha echado abajo el derecho internacional sin despeinarse; sobre todo, sin medir ni un ápice las consecuencias de este acto.
Trump –o quienes están detrás de su proyecto– está abusando de la posmodernidad. En otras palabras, de esa condición civilizatoria que banaliza y relativiza todo. Su discurso no es ni político ni diplomático; es anecdótico, frívolo. Lugares comunes, argumentos tan simplones que provocan vergüenza ajena, insinuaciones de una vulgaridad que eriza la piel, falsedades sostenidas con una seguridad que indigesta. Y el mundo, hasta ahora, ha tenido que tragarse esa carga monumental de disparates.
Las sociedades distópicas todavía están circunscritas al ámbito de la ficción literaria o cinematográfica. No obstante, con el descalabro político, ambiental, económico y cultural del mundo, su existencia se vuelve cada vez más posible. Donald Trump quiere un mundo acomodado a sus deseos y caprichos. Pero podría estar creando un mundo caótico.
Enero 22, 2026


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