No siempre se ganan las batallas, y menos las culturales, pero de todas se sale con el campo de batalla modificado
Por Ignasi Gozalo–Salellas
Suenan de nuevo notas de la guerra cultural en ‘America’. Y con ellas, arranca la campaña presidencial más dura en Estados Unidos en mucho tiempo, una carrera agónica hacia la reelección presidencial o hacia el equilibro social. En boca de Trump, y ante el Mount Rushmore (Dakota del Sur), la guerra cultural significa algo bien simple: división. Es viernes 3 de julio, víspera de la celebración de la independencia de la nación. En el imaginario colectivo es un día de grandes verbenas y fuegos artificiales; un día de celebración nacional y de hermandad entre diferentes. Este año, sin embargo, la concordia se presenta inviable. El Dr. Fauci y los responsables sanitarios de la administración recomiendan prudencia ante el riesgo de una infección masiva. El contexto de revuelta social lo hace aún más difícil: la nación es consciente, hoy más que nunca, que el monte donde se erigen las efigies de los cuatro presidentes que encarnan los momentos más ‘relevantes’ de la nación –Jefferson, Washington, Roosevelt, Lincoln– es resultado del expolio a los americanos nativos de la zona, los sioux.
Trump lanzará delante del monte un discurso inflamatorio sin otra pretensión que la de dividir al país. No es ni tan siquiera la apropiación representativa de su cargo presidencial, ni la potencial audiencia a quien convoca, lo más repugnante. Lo es hacer el discurso de la división desde el monte de los indígenas, de los no blancos, de los primeros maltratados por aquellos líderes blancos que hoy, en su peor versión, encarna Trump. Lo es atravesar el camino hasta el estrado sin inmutarse lo más mínimo ante los colectivos nativos que le recuerdan: “nos robásteis las tierras y nos lo recuerdan cada día cuatro estatuas de 18 metros”. De los cuatro presidentes, todos hombres y blancos, afortunadamente solo dos de ellos tuvieron esclavos en propiedad.
Trump actúa irresponsable pero conscientemente. Su acción incita al desorden social. Es una enmienda sistemática a los consensos de la modernidad. Su porte pétreo es el desafío disruptivo. En el acto, las mascarillas destacan por su ausencia, también en Trump, que se presenta como modelo de conducta para un votante que necesita sentirse protegido de la amenaza a la estirpe blanca. Negarse a aplicar las medidas de salud pública es una clara declaración de intenciones: el todos nosotros no nos importa; sólo nos importa nuestro nosotros.
Sin embargo, el 3 de julio no es la enésima absurda rueda de prensa del presidente. Su equipo ha tomado nota del ridículo del rallyen Tulsa (Oklahoma) del pasado 21 de junio y nada parece improvisado. La nueva estrategia consiste en apropiarse del discurso antagonista, haciendo uso de los mismos conceptos e invirtiendo su sentido. Finalmente, vestirlo de los fantasmas que aún hoy recorren la nación: el comunismo, el extremismo, la censura, la guerra cultural. Todas estos dardos a la izquierda radical conllevan, al mismo tiempo, su propia exculpación. Así es como llegamos a que Trump nos advierta del “nuevo fascismo” de izquierdas, y que se ofrezca como garante de la liberación de la eterna amenaza extremista. Por supuesto, un oxímoron como juntar “fascismo” y “izquierda” le resulta totalmente pertinente. Es la nueva semiótica reaccionaria.
Hay un pacto común, entre oyentes y el presidente, para dar aliento a una idea que se agota cada día que pasa: “somos el mejor país del mundo”, les recuerda Trump. El recurso in extremis contra una decadencia que se vive a flor de piel no es otro que escuchar al predicador que toda fe necesita. Es una ficción necesaria, con lo más imprescindible salvaguardado: el pacto de la verosimilitud. Unos y otros se ponen de acuerdo para participar de un relato falaz.
El pensador italiano Antonio Gramsci, en los Cuadernos de prisión,escritos en la cárcel durante el régimen de Mussolini, teorizó la necesidad de combatir las hegemonías políticas a través de la lucha cultural, ideológica. No fue hasta finales de los años 80 que las teorías gramscianas fueron interceptadas por la ideología conservadora en Estados Unidos. Desde las periferias de los partidos políticos, irrumpió en el debate público una serie de figuras disruptivas, como Pat Buchanan. Éste, ya como candidato a la Casa Blanca en 1992, se atrevió a denunciar el aplastamiento de los valores de la ‘América conservadora’ por parte de unas élites liberales, plenamente insertadas en el modelo capitalista pero a la vanguardia en las políticas de identidad de raza, género y clase, así como en derechos civiles como el aborto, la sexualidad o incluso el debate sobre las armas. La timidez institucional del llamado Partido de los Negocios (demócratas y republicanos juntos) solo se interrumpió con figuras que hoy resuenan como claros precedentes de Trump.
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