La ofensiva conservadora
Por: Juan Cuvi
El papa León XIV acaba de excomulgar a cuatro obispos lefebvrianos que fueron consagrados sin su autorización. Y amenaza con aplicarles la misma medida a sus seguidores. Los lefebvrianos son una secta católica suiza ultraconservadora que, entre otros objetivos, aboga por retornar a las condiciones de la iglesia previas al Consilio Vaticano II. Por ejemplo, reinstalar las misas en latín.
Además de reivindicar una liturgia retrógrada, la secta cuestiona todas aquellas aperturas que, por voluntad o por necesidad, han sido aceptadas por la iglesia católica en los últimos 60 años: comunión de los divorciados, tolerancia con los grupos LGBTI, mayor papel de las mujeres y de los laicos en ciertos espacios eclesiásticos, ecumenismo. Obviamente, la teología de la liberación debe parecerles un sacrilegio digno de la hoguera.
El incidente, no obstante, no puede ser circunscrito al ámbito de los conflictos internos de la iglesia católica. Se trata, muy al contrario, de una disputa cultural que desde hace varias décadas han planteado los sectores conservadores a nivel global. A contramano de la izquierda tradicional, que se quedó anclada a una serie de argumentos teóricos que fueron poco a poco desfasándose de la evolución de la sociedad, la derecha se percató de que la cultura es un ámbito fundamental en la consolidación de un modelo de dominación planetario. Mientras la izquierda siguió sosteniendo que la contradicción exclusiva del capitalismo es la relación entre el capital y el trabajo, la derecha amplió el escenario de esa contradicción.
Tomemos como ejemplo Silicon Valley, ese paradigma de la rentabilidad capitalista y la innovación tecnológica. Allí ya no se necesitan capataces, ni fábricas lúgubres, ni horarios de trabajo inhumanos. Hasta un portero gana un salario exorbitante. Porque la lógica de los dueños de las empresas no radica en explotar trabajadores sino en seducir consumidores. En otras palabras, en enganchar a miles de millones de personas en todo el planeta a las redes sociales, teléfonos celulares, internet y todos esos insumos y dispositivos electrónicos sin los cuales esas personas se sentirían desahuciadas. Huérfanas.
Lo paradójico de la situación es que esos consumidores hacen lo impensable por acceder a esos productos. Como en un concierto de Shakira o un partido del mundial de fútbol, nadie los obliga a participar. Pagan por ir. En la sociedad del espectáculo, la lógica de la explotación capitalista radica en parámetros múltiples, no únicamente económicos. Y la cultura es un factor esencial.
No es casual, entonces, que en el mundo proliferen tantos Trump, Milei, Bukele, Orban, Meloni, Abascal… Porque la derecha se encargó de trasladar la disputa política a un ámbito más efectivo: al de los imaginarios sociales. Es decir, al de la cultura.
Pensemos nada más en lo que acaba de ocurrir en Colombia. Un hombre-espectáculo (un showman) acaba de alzarse con la presidencia de la república a punta de marketing y de imágenes publicitarias ancladas en su apariencia física. Nada más. En el otro extremo, Iván Cepeda parecía un referente de una izquierda de principios del siglo XX.
Julio 3, 2026



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