Por Juan Cuvi.
Y de largo: ni la más refinada narconovela de las que se producen en América Latina le llega a los talones al dramón que vive España a propósito de la imputación al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. La trama hace honor a esa vieja sentencia que afirma que, con frecuencia, la realidad supera a la ficción. No ha sido necesario un guionista genial para mantener al borde del infarto a millones de espectadores.
El desarrollo de los acontecimientos es de una intensidad desquiciante. Los capítulos no se suceden día a día, como en las telenovelas tradicionales, sino en cuestión de horas. No hay tiempo para digerir las escenas impactantes que aparecen en los medios de comunicación. La trama es tan vertiginosa que, de un caso de tráfico de influencias se ha llegado a una supuesta conspiración internacional que amenaza la seguridad interna de los Estados Unidos. Así de alucinante.
En medio de estos dos extremos aparecen denuncias por blanqueo de capitales, tráfico de drogas, falsificación de documentos públicos, inversiones ilícitas, cajas fueres repletas de joyas, corrupción política… Es decir, todos los ingredientes indispensables para una producción cinematográfica apasionante.
Si no fuera por las devastadoras consecuencias que este escándalo tiene para la democracia, podríamos sentirnos tentados de asistir a una experiencia plagada de adrenalina. El problema es que existe una realidad subyacente que, por responsabilidad, impide disfrutar de la función. El caso Zapatero amenaza la supervivencia institucional, así como la posibilidad de rescatar a la política del fango al cual la han arrastrado las élites de todo tipo. No solo en España.
La derecha está de plácemes. Su objetivo no es combatir la corrupción, sino demoler al Partido Socialista. Mejor dicho, al socialismo en general. Prefieren administrar la ruina institucional antes que corregir las deficiencias éticas que afectan a todos por igual. Los socialistas tampoco aportan mucho. En la práctica, no han hecho más que ahondar el descalabro. Cerrar filas alrededor de un grupo de funcionarios y personajes corruptos no solo es un error imperdonable, sino una vergüenza para alguien que se define de izquierda. Transformar una sociedad, y más aún hacer una revolución, no implica cambiar a unos ladrones por otros.
Mientras tanto, la ciudadanía española asiste al espectáculo con una mezcla de decepción, indignación, frustración e impotencia, que poco o nada contribuye a una salida democrática. Adelantar las elecciones, tal como piden la derecha y la ultraderecha, únicamente servirá para patear el balón hacia adelante.
Hay una crisis más profunda que, por conveniencia, las élites políticas no quieren afrontar. Ni desde la izquierda ni desde la derecha. Prefieren seguir jugando al florón.
Mayo 27, 2026


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