El Viejo Roble, la despedida cinematográfica de Ken Loach

Por Silvio Schachter/ Tramas.ar

Ken Loach estrenó a fines de 2023, a sus 87 años, la que según sus palabras es la última película de su carrera. El Viejo Roble (The Old Oak) es la estación final de una trayectoria de quien plasmó, en una multipremiada cinematografía de impar calidad, sus convicciones de compromiso social y político.

Recuerdo que fue a mediados de 1996, lo tengo presente pues en esa fecha se produjeron las emblemáticas puebladas de Plaza Huincul y Cutral Co por los despidos masivos dispuestos luego de las privatizaciones menemistas de las empresas públicas de petróleo y gas natural, en esos momentos es cuando descubrí, algo tardíamente, a Ken Loach, quien ya tenía una importante producción cinematográfica. En el cine Lorca de la calle Corrientes, asistí al estreno de Tierra y Libertad  (Land and Freedom, 1995),  era el tiempo cuando aún no existía el streaming y las películas se veían en pantalla grande, se compartían en ese espacio cómplice de público presente. El film cuenta la  historia desgarrada, heroica y solidaria de David Carr, un trabajador sin empleo miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña, que decide integrar las Brigadas Internacionales para luchar por la Republica Española y, al pasar la frontera, se cruza con los revolucionarios del POUM, al cual se integra. La película está inspirada en Homenaje a Cataluña, la obra de George Orwell en la que éste narra su experiencia en España durante la guerra civil española.

Pasaron casi treinta años y sigo compartiendo la fuerza y los sentimientos que transmite en su obra este eterno adolescente llamado Ken Loach, quien en su juventud, entre la iniciada carrera de abogacía y el cine -y por suerte para nosotros- optó por dedicar su vida a filmar.

El Viejo Roble tiene entonces un significado especial pues, según declaró Loach a sus 87 años, esta será su última película. “Mi memoria a corto plazo se está desvaneciendo y mi vista ya no es la que era” declaró en el último Festival de Cannes. Es el último capítulo de una trayectoria extraordinaria de seis décadas creando el mejor cine.

El Viejo Roble es el cierre de la trilogía iniciada en 2016 con Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake) y Lamentamos haberte perdido (Sorry, We Missed You, 2019) que presentan dramas  ambientados en el noreste de Inglaterra, donde se registran los estragos  producidos por las consecuencias iniciadas por el huracán neoliberal del thatcherismo  y la lógica feroz del capitalismo tardío.

Loach ha buceado en temas dolorosos, marchando por los caminos donde los disparos contra los vulnerables han sido más fuertes. Casi todos las cuestiones que pueden interesar sobre la realidad social y política de su tiempo fueron abordadas con sensibilidad y creatividad por este director que ya forma parte de la historia del cine. En Yo, Daniel Blake, el tema es el vaciamiento del sistema de salud pública y la burocratización de la asistencia social; en Lamentamos haberte perdido fue la servidumbre en la economía uberizada y el trabajo informal; en El viejo Roble es el drama de los refugiados alojados en viviendas abandonadas por todo el Reino Unido y el deterioro desesperanzado de los ex pueblos mineros.

Hace aproximadamente una década, el rumor era que Ken Loach se estaba preparando para dejar de filmar. Entonces comenzó un nuevo desfile de primeros ministros conservadores en este país, cada uno más astuto y mediocre que el anterior; Loach decidió que, después de todo, tenía más que decir y hacer. Lo que siguió fue un estallido de energía, ira y productividad que culminó en esta trilogía, de la cual éste puede ser el episodio final.

Alcanzaría solamente con mencionar que es el director que más veces ha participado en toda la historia del Festival de Cannes, con quince películas en la Competencia Oficial. Donde fue ganador dos veces de la Palma de Oro, por El viento que agita la cebada (The Wind that Shakes the Barley, 2006) y Yo, Daniel Blake. Premio del Jurado en tres ocasiones por Agenda oculta (Hidden Agenda, 1990), Lloviendo piedras (Raining Stones, 1993) y La parte de los angeles (The Angels’ Share, 2012) y Premio del Jurado Ecuménico del mismo festival por Tierra y Libertad. Su obra recibió premios en los Festivales de Venecia y Berlin, el BAFTA de Inglaterra, el César de Francia y el Goya en España, además de numerosos festivales en distintas partes del mundo. Menciono el  recorrido de sus galardones porque nos dice que su obra no sólo genera empatía por la temática, por su mirada realista y el perfil de sus personajes, sino que está realizada con los mejores recursos del arte cinematográfico que logró el amplio reconocimiento de sus pares en todo el mundo.

Un dato singular es que nunca ganó un Oscar, ni fue nominado, el insólito hecho se debería a que nunca acepto ser parte del mainstream de la industria cinematográfica  de EEUU. Incluso cuando filmó en Los Angeles Pan y Rosas (Bread and Roses, 2000)  fue con una coproducción europea.

Inició su carrera como director de docudramas televisivos en 1966, cuando realizó Cathy Come Home, vista por una cuarta parte de la población inglesa, donde en plena época del estado de bienestar aborda la problemática de la vivienda y la pobreza. Fue  el año en que Inglaterra ganó su primer y único mundial de fútbol y los Beatles realizaban su última presentación en vivo. Se trató de una de las películas más controvertidas producidas por la BBC, que llegó incluso a provocar que se modificasen las leyes sobre los sin techo.​ A partir de allí siguieron, además de las que ya mencioné,  Riff Raff (1990), La Canción de Carla (The Carla Song, 1999), Felices dieciséis (Sweet Sixteen, 2003) y Jimmy’s Hall (2014).

Trabajando con su colaborador habitual, el guionista Paul Laverty, Loach ha abordado temas e historias que no se ven en las noticias de televisión. Un creador que nos habla en sus películas de todo lo que la mayoría calla, demostrando que los cineastas pueden intervenir en el mundo real.

La dolorosa travesía del exilio y el valor de la solidaridad

El relato de El Viejo Roble comienza cuando un grupo de refugiados sirios, transportados en autobuses, llegan a una antigua ciudad minera en el condado de Durham, atravesado por un deterioro que les niega a sus habitantes la posibilidad de un mejor futuro. Al mismo tiempo, la crisis es aprovechada por promotores inmobiliarios que compran sus viviendas a precios miserables, situación que también aprovecha el gobierno para alojar allí a los refugiados.

La película pivotea sobre dos personajes centrales, TJ Ballantyne, el propietario del pub que da título al film, un hombre que vive solo y con grandes dificultades para sostener su negocio, y Yara, una joven refugiada siria, amante de la fotografía, que llega al pueblo junto con su madre y hermanos, desesperados por tener noticias de su padre, encarcelado por el régimen de Assad. Ella es la única que habla inglés y quien sin miedo intenta salvar las divisiones sociales después de haber presenciado sin filtro los horrores de la guerra. Es la amistad entre ellos la que enfrenta la malevolencia y la intolerancia de una parte de los habitantes. Los sirios son en este caso los chivos expiatorios donde descargar su frustración y amargura. The Old Oak es el espacio donde se concentran las tensiones entre quienes se muestran hospitalarios y quienes debaten cómo actuar frente a lo que consideran una invasión promovida por un gobierno que los abandona.

En una comunidad dividida y debilitada por la crisis, Loach no ataca destructivamente a los hostiles de la clase trabajadora blanca. Pensando globalmente y actuando localmente, los cuestiona, pero los comprende, son parte de las víctimas. Las fuerzas del mercado y los intereses geopolíticos los han puesto en la misma posición que los desesperados inmigrantes sirios a quienes se les ha alentado a odiar para sentirse bien consigo mismos. Muestra el terrible trato que recibieron algunos de los refugiados sirios, pero también muestra el otro lado: los antiguos aldeanos mineros de carbón salvajemente destruidos por Thatcher y quienes continuaron con su política.

Entre los momentos memorables del film están el recorrido de Yara por la iglesia de Durham, asombrada por el edificio milenario mientras recuerda la destrucción de los monumentos de Palmira por la locura fundamentalista del ISIS; el otro es el hallazgo en un depósito del pub de las olvidadas fotografías que muestran la lucha y los actos de solidaridad de esa comunidad durante la huelga minera de 1984. La decisión de Yara y Tj de exponerlas en las paredes del local, es la apuesta de Loach al valor de la memoria, en tiempos de la posverdad y de la cultura de lo efímero.

La difícil situación de los refugiados que huyen de zonas de conflicto por las guerras alimentadas por el capitalismo, genera divisiones en base a prejuicios, a una cultura que alimenta la xenofobia, hace que todo se vuelva más duro para quienes han perdido a sus seres queridos, desarraigados y están tratando de encontrar su lugar en el mundo. Un lugar que, como en el caso de los sirios desde 2011, les ha sido negado por numerosos gobiernos europeos. En medio del avance de las derechas, no sólo en Europa, con sus discursos y las políticas racistas y agraviantes que rodean a los refugiados, esta película es inspiradora y necesaria.

Loach, es fiel a su estilo casi minimalista, sin despliegue tecnológico, todo en el film está representado de una manera tan auténtica, genuina y sentida, con personajes tomados de la vida real, protagonizados por actores no profesionales, que te hacen sentir como si estuvieras presente y listo para involucrarte con lo que está pasando.

La película es muy perturbadora y a la vez muestra lo mejor de la humanidad, cómo las personas pueden unirse entre sí por una causa justa. Sabés que no tendrá un final feliz  estilo Hollywood, pero en su despedida nos ofrece una coda cinematográfica con una mirada esperanzadora en la fuerza de la solidaridad. Ken Loach, el viejo roble del cine, sigue en pie.

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