Por Juan Cuvi.
La calentura no está en el Consejo Nacional Electoral (CNE). Tampoco en el Código de la Democracia. La calentura está en la descomposición del sistema político. Luego de 50 años de retorno formal a un régimen democrático, muchas instituciones han dejado de funcionar. Es más, funcionaron mal desde el inicio. Tal como el sistema de partidos.
El fin de las dictaduras militares, allá por 1979, generó enormes expectativas respecto de la racionalización de la política. Se suponía que una nueva Constitución y un régimen político basado en la consolidación de partidos estructurados abriría las puertas a la superación de las viejas prácticas oligárquicas. Muy poco duraron las ilusiones. Ni bien se instaló el gobierno de Roldós, las dinámicas de los grupos de poder se reactivaron con igual o mayor intensidad. Las desavenencias entre líderes y caudillos de turno se empezaron a zanjar a través de la creación de nuevas tiendas políticas, que servían para manejar los conflictos. A partir de entonces, la tendencia no paró.
En menos de una década, la mayoría de los partidos convencionales habían desaparecido o ingresado en fase terminal. Tan solo el socialcristianismo y el socialismo, aunque como simples membretes, han logrado sobrevivir hasta la actualidad. El sueño de una institucionalidad a imagen y semejanza de las democracias europeas, como lo quisieron Hurtado y Borja, se desvaneció por la fuerza corrosiva de la vieja informalidad política. El Ecuador nunca logró superar la cultura oligárquica de los poderes de facto.
Hoy asistimos al enésimo capítulo de los atropellos a la institucionalidad electoral. Se busca eliminar del registro a aquellos partidos que puedan resultar incómodos o inconvenientes para el poder. Nada nuevo desde hace cinco décadas. Las víctimas de hoy, como el correísmo, son los verdugos de ayer. Porque en la contienda política nacional la arbitrariedad y la sapada marcan la pauta.
En medio de procedimientos por demás oscuros, el CNE, en connivencia con el gobierno, ha suspendido al movimiento Revolución Ciudadana y pretender borrar del registro electoral a Construye y a Unidad Popular. La amenaza, sin dejar de ser importante, disimula sin embargo el problema de fondo: el repliegue de la democracia a nivel global. En efecto, el fenómeno Trump –por más delirante que sea al personaje– ocurre porque las sociedades han involucionado hacia el autoritarismo y la banalización.
Acá en nuestro país, la informalidad fue el caldo de cultivo para implantar el sistema de dominación de las oligarquías. Y cuando la viveza criolla alcanzaba sus límites, siempre quedaba la opción de las dictaduras y los golpes de Estado.
Lo único que ha cambiado son los mecanismos para optimizar esa informalidad. De la clásica demagogia del pasado hemos mutado a las redes sociales. En ambos campos, la mentira establece las condiciones del debate y de la operatividad. Hay discursos falsos que generan acciones absurdas e injustificadas. Y, lo más dramático, los responsables no quieren hacerse cargo de las consecuencias. Trump no es un caso extraordinario; sus émulos proliferan a lo largo y ancho del planeta.
Marzo 25, 2026


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