La tentación de la verdad absoluta
Por Juan Cuvi
Que Donald Trump haya asociado su imagen personal con alguna forma de divinidad no debe considerarse una imprudencia, ni un exabrupto, ni mucho menos una metida de pata. La superposición de la religión a la política es un fenómeno milenario del que la humanidad no ha podido liberarse, a pesar de los innumerables intentos. Ya los griegos, cuando inventaron la democracia hace tres mil años, insistieron en el carácter estrictamente laico y ciudadano de la política. No obstante, con cada crisis civilizatoria las sociedades parecen encontrar en la religión un refugio para sus incertidumbres y miedos.
Los políticos, sobre todo aquellos megalómanos con ínfulas mesiánicas, no son ajenos a esta tendencia. Es más, la aprovechan con gran sentido de la oportunidad. Invocar la intervención divina para resolver los problemas terrenales logra adhesiones populares insospechadas. Y permite movilizar masas y activar pasiones.
La consecuencia más devastadora de esta combinación tóxica entre religión y política es el fundamentalismo de cualquier signo; no solo de derecha. Stalin transformó al marxismo en una religión de Estado, con su propia liturgia, jerarquía, dogmática y estructura. Desde las más altas esferas comunistas se anatemizaba a todo aquel que osara cuestionar los dogmas y disposiciones oficiales. Con frecuencia, los herejes eran arrojados a la hoguera de la contrarrevolución o de las desviaciones burguesas.
Hoy, Oriente Medio asiste a una colisión de tres trenes fundamentalistas: uno musulmán, otro judío y un tercero cristiano. Al margen de los intereses materiales y económicos que operan detrás de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, es evidente que la imposición de un discurso cultural hegemónico define la confrontación. Los tres contendientes se sienten ungidos por sus respectivas deidades (llámense Dios, Ala o Jehová) como legítimas autoridades para poner orden en el mundo.
¿Qué elemento subyace a esta concepción del poder que le vuelve una obsesión tan demencial como efectiva? Pues el convencimiento de la verdad absoluta. Cada líder político que asume su cruzada ideológica particular está convencido de encarnar una misión sagrada. Cuando Donald Trumpo amenaza con aniquilar una civilización milenaria en tan solo una noche echa mano de una referencia bíblica. Se cree el ángel exterminador del antiguo testamento. Igual que cuando Benjamín Netanyahu se refiere al Gran Israel como destino teleológico de su pueblo. O cuando los ayatolas se atribuyen la potestad de normar la moral ciudadana bajo amenaza de muerte. Todos se expresan desde una dimensión supra humana ajena por completo al sentido mundano de la política.
Abril 15, 2026


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