#Opinión / Prefiero al teatro como era antes

PREFIERO AL TEATRO COMO ERA ANTES

Por Fer Jr. Prieto / La columna del Mono Infinito

 

Es difícil encontrar alguien que haga teatro y hable del teatro como algo que es plenitud en su vida; nos quejamos constantemente de que no hay público, que no hay tiempo y que no se puede vivir económicamente del teatro.

Pero me pregunto, ¿realmente lo vemos como una profesión? Como un arte consagrado, exigente, que requiere de un compromiso permanente, de una entrega casi religiosa, de un sacrificio constante, ¿lo vemos realmente como un negocio?

El mundo ha cambiado, las formas de entender la vida han cambiado y, obviamente, el teatro también ha cambiado, pero debo decir que lo prefiero como era antes.

Recuerdo que para montar una pieza teatral el proceso podía llevarse casi un año completo y más, porque antes de montar la obra, se destrozaba el texto, se analizaba, se investigaba de que iba el montaje, se buscaba entender cada palabra, su contexto histórico, social, humano, eso nos llevaba a ir a las fuentes, a la biblioteca a leer libros, a ver exposiciones, a leer los diarios, a ver películas o escuchar música, eran horas de conversación, debate, de escucha con el grupo, de búsqueda corporal, después de ese proceso era que íbamos a la escena a proponer, a experimentar a entender porque lado se iba a montar, si iba a ser una obra brechtiana o stanislavskiana, si era algo tipo Artaud o si queríamos trabajar el movimiento a partir de lo que planteaba Barba, entonces ahí también tocaba leer, consultar, buscar a alguien más que viniera a enseñarnos sobre maestros universales, y si no se había comenzado el montaje improvisando entonces ahí tocaba improvisar, entrenar actoralmente, y claro se iba construyendo ese edificio con sus otras dramaturgias, porque sí, no existe una sola, entonces si el grupo tenía músicos, ellos también venían con sus propuestas, y si había luminotécnico llegaba también con su parte o si se contaba con un artista plástico o un vestuarista o un escenógrafo. Al final del proceso se tenía una pieza teatral sublime, épica, inolvidable, que, claro, como éramos humanos y no existía la IA, pues no siempre se lograba el éxito esperado; incluso a veces toda esa torta de experimentaciones, laboratorio, investigaciones, propuestas, tiempo dedicado, se quedaba en una obra “mala”, pero lo que casi nunca se ponía en duda era todo el trabajo logrado en el proceso; era raro hablar de malos actores o actrices, de músicos flojos, o en algo ligero hecho a la carrera, o de una puesta escénica pobre a menos que fuera teatro pobre de Grotowski.

Hoy en día, gran parte de esa rutina se perdió, los artistas que conforman la pieza teatral no tienen el tiempo necesario para dedicarle a un proceso largo, varios saltan de un grupo al otro por necesidad o gusto, y muchas piezas se arman para el proyecto, la convocatoria o el festival, perdimos esa cosa intrínseca de ver el escenario como algo sagrado, algo de entrega total, el internet nos resuelve la mitad de los problemas pero no vamos a las fuentes a vivir una experiencia sensorial completa, y es que si montas una obra donde el protagonista es un señor viejo relojero, pues lo más bonito es ir a estar un buen rato con un señor viejo relojero, pedirle permiso para tocar sus instrumentos de trabajo, escuchar el sonido de los relojes dañados y ser testigo del milagro de volver a la vida un reloj, eso no lo da el mirar videos en Youtube.

Por otro lado, no estudiamos el texto a fondo ni lo destrozamos; nos cuesta aprenderlo porque hemos perdido con el fenómeno de las redes atención y concentración. Es raro encontrar un actor o actriz que vaya a la biblioteca a leer libros en físico. El teatro, como una profesión de entrega, pasó a un segundo plano; a duras penas le dedicamos horas a la semana para el proceso de montar y, cuando sale una chisga o algún compromiso con los varios grupos en los que estamos al mismo tiempo, no dudamos en cambiar el ritual del tiempo acordado para cumplir los otros compromisos.

Esto sin hablar de que no vamos a ver teatro; si todos los que estamos en el universo teatral fuéramos, con una persona más, a apoyar a los que se presentan, pues créanme que las salas tendrían un público lindo en cada función porque somos muchos, pero no, no vemos teatro y, si los que hacemos teatro no vemos teatro, ¿por qué le exigimos al público general que vaya? aparte, claro, como ya no nos interesa hacer obras épicas, sino más bien un tipo de teatro pochoclero, ligero, rápido de montar, sin exigencia, dejado casi a la diestra de nuestras habilidades naturales o de las genialidades de quien por esas cosas de lo divino resulta ser bueno en algo, pues obvio que no van a ir a ver nuestras obras, ¿o quién invierte en una mala película de cine solo por ir a verla?

Tampoco estudiamos teatro o conocemos nuestro historial; me sorprende que, en Bogotá, las nuevas generaciones no sepan que existió un grupo llamado el TPB o Teatro El Local o que no lean las obras de Santiago García, ni mucho menos hablar de Campitos. Pocos se toman el tiempo de ir a conocer a los maestros que tenemos entre nosotros y que han construido parte del historial teatral de la ciudad; no van a conocer las salas de los grupos que llevan décadas sosteniéndolas, menos aún a los grupos de teatro barrial que llevan años haciendo procesos comunitarios importantes, no se interesan por conocer las obras que han sido históricas, recordadas, importantes, y claro, si a duras penas van a ver teatro, pues estamos jodidos, ¿es su culpa? no, no es su culpa; creo que existe cierta responsabilidad en las instituciones que los preparan, y también existe una responsabilidad en ese instinto curioso personal de ir a conocer, de ir a descubrir aquello que forma parte de nuestra historia. Suena feo generalizar y me encantaría estar equivocado, pero podría apostar un chocolate suizo a que es más o menos así.

Este escrito parece pesimista y, sí, lo es; no es un secreto que en la escala social estamos entre los últimos, a los que menos apoyan y a los que menos les interesa, y cada vez que llega un gobierno que se siente incómodo con lo que pueda decir el teatro, entonces cierran la llave de los recursos y con cuenta gotas peleamos lo poco que dan y ahí entonces también los procesos no se hacen a fondo.

Y aclaro que no estoy hablando solo de Colombia, donde, por fortuna, existen miles de convocatorias que aún se mantienen. Este fenómeno en los últimos tiempos se viene viviendo con fuerza en Argentina, el país sagrado del teatro, donde su economía hace años es un desastre con sus últimos gobiernos que han sido un desastre, y en Ecuador sin ministerio de Cultura, que su querido gobierno lo fusionó, esto solo por hablar de tres países y a la ligera.

Pero no me quiero ir por ese lado, creo que la cosa es mas de raíz, mientras no seamos conscientes de que al teatro se le debe dedicar el tiempo suficiente y no solo unas horas para que sea una profesión de calidad, estamos jodidos y sino logro hacerme entender, entonces pongo de ejemplo a los músicos que si no le dedican horas enteras diarias a su instrumento, nunca serán buenos músicos, y si los que hacen danzas no bailan a diario entonces no serán buenos bailarines o bailarinas y si el escritor o la escritora no escribe con una rutina rigurosa pues difícilmente será un gran escritor o escritora; si aún no me hago entender entonces, si el fisiculturista no le dedica horas a diario a alzar pesas no le va a crecer el musculo y si no le sube cada tanto peso a los discos pues claramente no se verá fornido, porque esos discos son en el teatro lo que llamo la exigencia que se debe tener como actor o actriz para lograr un buen producto.

El teatro hace rato perdió su lugar de privilegio; siendo la expresión artística que más convocaba, que más cuestionaba, que movía masas, nos hemos conformado con seguir adelante haciendo lo necesario.

Y pilas, no estoy cuestionando la labor de los que le dedican a diario, de los que aún están en esa batalla cultural y que son los que mantienen aún la esperanza de que el teatro siga vivo con su calidad, tenacidad y entrega, pero es cierto que, en esa batalla, cada vez son menos soldados firmes en el frente, y pilas que tampoco estoy cuestionando a esos grupos o jóvenes artistas que estudian y son parte de una expresión artística y cultural que tiene mucho por decir.

Esto es una reflexión hacia aquello que creo es importante retomar:  la experimentación, el laboratorio, la investigación, el entrenamiento actoral, la lúdica actoral, el cuidado del tiempo que se le dedica, la entrega, el ritual sagrado de lo escénico, el ensayo sin relojes ni correrías, el estudiar nuestra historia, la calidad de lo que mostramos en escena, el transgredir, cuestionar e incomodar a nuestros pésimos gobiernos, el gestionar, promocionar y saber vender lo que debería ser una profesión que no solo alimente nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro corazón, sino también nuestro estómago, porque dejé de lado esa parte de la reflexión en torno a vender teatro, pero ese será el tema de mi próxima columna.

 

 

 

 

Acerca de Fernando Prieto Valencia 37 Articles
Director de teatro, escritor y dramaturgo, andariego.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*