El fracaso de la justicia
Por Juan Cuvi
Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, cumple una condena de 27 años bajo arresto domiciliario. Fue sentenciado por haber liderado un intento de golpe de Estado luego de perder las elecciones de 2022 frente a Lula da Silva. Como alto funcionario sujeto a fuero de corte, fue procesado por el Supremo Tribunal Federal, el máximo órgano de justicia de ese país.
Su hijo, Flavio Bolsonaro, acaba de vencer en primera vuelta en las elecciones presidenciales. No solo eso: la derecha obtuvo un amplio triunfo en las elecciones para gobernadores, diputados y senadores. Según varios analistas, gran parte de ese resultado hay que atribuirle a la figura de su padre, quien era el candidato mejor posicionado para la contienda. El impedimento judicial que tenía para presentarse a las elecciones parece haberse revertido a favor del Partido Liberal, gracias a aquel perverso fenómeno de la victimización. En otras palabras, Jair Bolsonaro transfirió sus adhesiones no solo a su hijo, sino al conjunto del partido.
¿Cuál ha sido el argumento de la derecha para movilizar ese sentimiento colectivo? Pues que el máximo tribunal de justicia está controlado por el gobierno y que, en tal virtud, ha tomado decisiones parcializadas en contra del principal rival del presidente Lula. Un caso típico de law-fare.
Cabe señalar que Jair Bolsonaro no es ni ha sido ningún angelito. Todo lo contrario, tiene un pasado político que le pondría la piel de gallina al más tibio de los demócratas. Fue el abanderado de la tendencia política conocida como BBB (por las siglas de buey, biblia y bala), una propuesta que podría resumirse como la opción por la depredación ambiental, el conservadurismo más radical y la violencia. También defendió los crímenes y atrocidades cometidas por la dictadura militar en contra de la izquierda y de los movimientos sociales. Además, Bolsonaro padre jamás ocultó su intransigencia frente a las agendas del feminismo, el ambientalismo y la defensa de los derechos humanos. Su apertura a la explotación irracional e indiscriminada de la Amazonía es ampliamente conocida.
Sin embargo, y pese a estos antecedentes, acaba de ganar una elección desde su arresto domiciliario. A la mitad de la sociedad brasileña parece importarle poco o nada su condición judicial. Es más, esa ha sido uno de los principales motivadores por el voto a favor de su hijo. En síntesis, la justicia ha fracasado frente a las contingencias, vicisitudes y artimañas del juego político.
¿Por qué? Pues porque le institucionalidad en la era posmoderna ha sufrido un grave deterioro. La cultura de la banalización le resta seriedad y solvencia a cualquier institución. En el caso de la justica, esta tendencia es aún más devastadora, porque pone en duda un principio de confianza fundamental para la democracia. Si a esto le sumamos la crisis estructural de esta institución, permeada por una corrupción rampante, la mesa está servida para el caos y la informalidad política. Cualquier hijo de vecina se siente con autoridad para cuestionar todo.
Acá también afrontamos una encrucijada compleja, sobre todo en el terreno de la política: ¿cuándo una decisión de la justicia en contra de funcionarios que cometen delitos es legítima, y cuando se tata de persecución? Los casos se incrementan a diario, y tocan de tal manera la sensiblería ciudadana que la gente termina premiando a los corruptos con su voto.
Octubre 6, 2026


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