Por Decio Machado
La política ecuatoriana vive un momento de mutación acelerada, marcada por el desgaste evidente de fuerzas que hasta hace apenas una década aparecían como una constante (PSC, MPD-UP, PSE…) y la próxima desaparición de otros que aunque conformadas en ese período nunca llegaron a consolidarse en su integralidad (SUMA, AVANZA, RUPTURA 25- CONSTRUYE, CREO…).
La Revolución Ciudadana (RC), antes Alianza PAIS, que gobernó entre 2007 y 2017 con un nivel de control institucional singular en la historia política del país, atraviesa desde hace años un proceso que sociológicamente puede definirse como transición desde la hegemonía hacia una fase poshegemónica de lenta pero sostenida decadencia. Este fenómeno no es inédito: se repite en diversas experiencias latinoamericanas y europeas donde partidos que construyeron un amplio bloque histórico acaban enfrentando las limitaciones de su propio modelo de poder.
Es evidente el paralelismo histórico existente entre la trayectoria de la Revolución Ciudadana y la de otros partidos que fueron hegemónicos en América Latina y luego entraron en procesos de declive. Entre estos destaca el PRI mexicano, el peronismo argentino en sus ciclos descendentes, el APRA peruano, o la Concertación chilena tras su largo período de administración del Estado.
La hegemonía como arquitectura y como límite
Todo proyecto hegemónico se construye sobre tres pilares básicos: control del aparato estatal, cooptación o neutralización de élites intermedias y capacidad de articular un imaginario nacional-popular.
Lo que hoy es la Revolución Ciudadana cumplió esas tres funciones. Su década de gobierno fue un ejemplo de construcción vertical del Estado, disciplinamiento administrativo, centralización presidencialista y creación de un “sentido común correísta” que vinculó modernización del Estado, cierto nivel de redistribución y orden bajo un solo paraguas simbólico.
Sin embargo, estos procesos de hegemonía contienen una paradoja: la misma arquitectura que permite dominar el campo político limita su capacidad de adaptación posterior. Lo que fue fortaleza se transforma en debilidad una vez que el control institucional se pierde.
Eso fue exactamente lo que muestran los casos comparados de experiencias como el PRI, que construyó un régimen que absorbía tensiones sociales, pero cuya estructura piramidal lo volvió torpe para competir en un entorno democrático más maduro; el peronismo, que consolidó su poder a través de identidades emocionales fuertes, pero donde esas mismas identidades impidieron su renovación programática en los ciclos de crisis; el APRA, que quedó capturado por su mito fundacional y se petrificó ideológicamente; y la Concertación, que se burocrátizó, perdió narrativa y acabó desconectada de sus bases sociales.
Respecto a lo anterior, la Revolución Ciudadana muestra síntomas similares: un proyecto que, sin el Estado, pierde cohesión interna, capacidad creativa y ductilidad estratégica.
De movimiento hegemónico a fuerza reactiva: el síndrome poshegemónico
El paso de una fuerza política desde la hegemonía a la oposición suele desencadenar un síndrome que se repite con sorprendente simetría en múltiples países y momentos históricos.
En primer lugar, su identidad política queda atrapada en el pasado, dejando de proyectar futuro y convirtiéndose en arqueología del poder. El discurso pasa a girar en torno al “recuerdo de lo que fuimos” y al “país que teníamos antes”, síntomas que vivieron tanto el PRI post-2000, como peronismo en las fases tras 1999 y en la actualidad, así como el APRA posterior a los ciclos de Alán García. Es evidente que la Revolución Ciudadana no escapa de ello: su imaginario sigue anclado en la década dorada, lo cual vuelve su relato más museístico que transformador.
En segundo lugar, se desarrolla una fuerte incapacidad para generar nuevos liderazgos. Fruto del personalismo presidencialista, cuando este tipo de movimientos políticos caen del poder, no emerge una generación de reemplazo, porque la hegemonía previamente había impedido su evolución. Una vez más, lo vimos en el PRI tras Salinas de Gortari, en el APRA posterior a Alán Garcia o en el MAS boliviano en la transición post-Evo. En el caso ecuatoriano, el liderazgos de la Revolución Ciudadana sigue hiperconcentrado en torno a una figura única, la del ex presidente Rafael Correa, lo que dificulta la renovación y empuja al movimiento a repetir su repertorio táctico sin innovaciones disruptivas.
El tercero de estos aspectos repetitivos tiene que ver con los procesos de debilitamiento. Los partidos hegemónicos suelen controlar el aparato territorial del Estado, pero no siempre desarrollan estructuras sociales autónomas. Una vez expulsados del poder, cae la capilaridad. Aquí hay diferenciaciones, el PRI mexicano sobrevivió porque sí tenía redes territoriales profundas y la Concertación chilena colapsó porque no las tenía. En Ecuador, la Revolución Ciudadana muestra determinadas estructuras locales relativamente sólidas, pero no redes orgánicas suficientemente fuertes como para competir sin el Estado como lubricante.
Un cuarto elemento a contemplar es lo que podríamos definir como el giro hacia la oposición emocional. Una fuerza política poshegemónica suele transformarse en una maquinaria reactiva: opone, denuncia, interpela, pero no propone un nuevo horizonte histórico sino que más bien sobrevive mientras de dura sostenida en la inercia del pasado. Esa es la trampa en la que cayeron las organizaciones política antes mencionadas y en la que está atrapada en estos momentos la Revolución Ciudadana.
El nuevo ecosistema político ecuatoriano ya no necesita un partido hegemónico
La hegemonía correísta fue posible en un contexto histórico específico: auge del precio de las materias primas o el llamada boom de los commodities con alta generación de excedentes petroleros, debilidad de las élites tradicionales locales, fragmentación y deslegitimación de las izquierdas sociales y político-institucionales, así como una sociedad que pedía orden, redistribución y modernización.
Ese contexto ya no existe. Hoy Ecuador opera bajo otras lógicas: actores territoriales con autonomía creciente, un ecosistema mediático fractal, partidos políticos quebrados entre los cuales algunos funcionan como marca electorales, una evidente derrota cultural de los valores de izquierdas y un electorado volátil, emocional y anti establishment político.
En un ecosistema así, ningún partido puede ser ya hegemónico. Ni el correísmo ni sus adversarios, y esto es lo que se ha hecho más que transparente a partir del triunfo del “No” en las cuatro preguntas del referéndum-consulta del pasado 16 de noviembre.
Es por ello que el intento de la Revolución Ciudadana de reconstruir su hegemonía original está condenado a chocar una y otra vez contra la estructura de este nuevo escenario en el que nos desenvolvemos. A la postre, es el mismo error que cometió el PRI en México cuando creyó que podía “volver al pasado” bajo Peña Nieto; demostrándose que su breve retorno tan solo profundizó su decadencia.
La “italianización” de la Revolución Ciudadana
Manejar el concepto de “italianización” en el ámbito de lo político no alude a una imitación cultural o institucional, sino a un fenómeno más profundo: la transición de un partido que fue hegemónico hacia una fase de fragmentación interna, desgaste moral, pérdida de centralidad política y creciente dependencia de liderazgos personalistas y redes clientelares, de manera muy similiar a lo que ocurrió con la Democracia Cristiana (Democrazia Cristiana, DC) en Italia en las décadas finales del siglo XX.
Dicho partido fue durante casi medio siglo (1948-1992) el epicentro de la política italiana, articulando coaliciones, distribuyendo cuotas de poder, ocupando el Estado desde su médula y moldeando el “sentido común” político del país. Todo ello con el fin de evitar la llegada al poder del Partido Comunista Italiano, el partido comunista con mayor porcentaje de voto en Europa Occidental durante el período denominado como la «guerra fría».
Su hegemonía se construía sobre tres pilares: control del Estado y del aparato burocrático; redes territoriales clientelares y estructuras intermedias; e identidad moralizante como imaginario unificador. Sin embargo, ese inmenso poder fue generando diferentes grietas como síntomas de desgaste que a la larga se volvieron estructurales: fragmentación interna en corrientes, proliferación de facciones oportunistas, creciente desconexión con las transformaciones sociales, dependencia del Estado para su superviviencia, pérdida de ética interna y erosión de credibilidad pública, así como incapacidad para generar liderazgos renovadores.
Cuando cayó la “Primera República” en los años noventa del pasado siglo, la Democracia Cristiana se disolvió como si nunca hubiese existido.
Dicho lo anterior y aunque la Revolución Ciudadana naciera en un contexto notablemente diferente -giro progresista en la región, bonanza petrolera y agotamiento del sistema partidario tradicional- reproduce varios rasgos del deterioro de la Democracia Cristiana en Italia en su fase tardía.
Uno de estos es la fragmentación interna encubierta, es decir, así como la DC estaba dividida en múltiples corrientes que competían por cuotas de poder mientras mantenían cierto aspecto de unidad, la Revolución Ciudadana vive tensiones entre liderazgos locales y el nacional, disputa sistemática cada vez que tiene que dirimir sus candidaturas, pugnas soterradas por recursos y posiciones, así como microfacciones que orbitan en torno a un liderazgo central que pese a su lógica caudillista ya no cohesiona.
En la DC italiana esto fue el preludio del desmembramiento final; en la Revolución Ciudadana, este fenómeno aún no es del todo abierto, pero se hace visible para cualquiera que observe las dinámicas territoriales con cierta atención.
Por otro lado, la DC se sostenía mediante la gestión del Estado: ministerios, burocracia, empresas públicas, cooperativas productivas y financieras, fondos territoriales y demás. Sin el Estado, su musculatura orgánica pasó a ser mínima. En el caso de la Revolución Ciudadana, diversos elementos actuales muestran la misma fragilidad: fuera del poder, su capacidad organizativa cada vez se reduce más; su conexión y cohesión territorial se debilita; su estructura se vuelve estrictamente electoralista y cada vez menos orgánica; y su narrativa se refugia en la nostalgia de su década hegemónica.
Esta dependencia reproduce el patrón italiano: un partido poderoso mientras administraba el Estado, pero que sin él pierde capacidad de reproducción.
A más de lo anterior, se debe añadir como elementos referenciales la crisis ética y el desgaste de legitimidad. El final de la democracia cristiana italiana estuvo marcado por escándalos de corrupción que erosionaron su autoridad moral. No solo porque hubiese corrupción -eso era endémico al sistema política italiano- sino porque la narrativa moralista de la DC quedó en contradicción irreparable con sus prácticas.
En el caso de la Revolución Ciudadana, la acusación permanente de corrupción, judicializada o no, ocupa de forma intencional por sus adversarios políticos el centro de debate nacional. Más allá del grado de veracidad de cada uno estos casos, lo políticamente relevante es que el imaginario público asocia al correísmo con un deterioro ético generalizado, exactamente lo mismo que ocurrió con la DC italiana en sus década finales.
Por último, cabe señalar que cuando aquella DC con liderazgos envejecidos intentó renovarse, ya era tarde. Los nuevos liderazgos carecían de credibilidad y los antiguos se encontraban demasiado desgastados. Algo que en la Revolución Ciudadana ocurre de forma similar: su liderazgo central continúa siendo decisivo opacando cualquier otro posible delfinazgo; las nuevas figuras no general adhesión transversal; la estructura no fomenta liderazgos autónomos y cuando esto se da son aplastados por su máximo líder; y las élites internas se reproducen por cooptación o lealtad, no por mérito o innovación y el caso de Luisa González se plasma al respecto como ejemplo evidente. La “italianización” se evidencia en este envejecimiento político prematuro.
Así las cosas, el contexto en el que se desenvuelve el correísmo ecuatoriano se refleja en gran parte en el espejo italiano. La Democracia Cristiana no murió: se transformó en una constelación de micropartidos que siguen influyendo en la política, pero ya sin centralidad ni capacidad hegemónica. Muchos de sus cuadros migraron a nuevas plataformas políticas, diluyendo su historia original. ¿Pasará esto en Ecuador con la Revolución Ciudadana…?
¿Declive irreversible o transición hacia otro tipo de fuerza política?
La decadencia poshegemónica no implica necesariamente la desaparición de una fuerza política. Los partidos pueden mutar, como lo hizo el peronismo argentino, que se reinventa -aunque cada vez con mayor dificultad- según la circunstancia; persistir como partido identitario, tal y como hoy lo hace el APRA en Perú, aunque de forma muy menguada en su capacidad de articulación política; volverse una actor coalicional, tal y como es el caso de lo que fue la Concertación chilena; o replegarse a nichos sociales, tal y como hizo el PRI en México en la actualidad.
La pregunta para la Revolución Ciudadana es si su “italianización” terminará en implosión o «mutación adaptativa», es decir, renovación generacional parcial, redescripción ideológica y conversión en un actor coalicional relevante pero no hegemónico.
El precedente italiano enseña que es muy difícil que un partido que fue hegemónico se reinvente plenamente. La hegemonía crea hábitos, lógicas de poder, escuela política en sus militantes, estilos de liderazgo y formas de entender el Estado que se vuelven inadaptables a nuevos entornos.
La Revolución Ciudadana está en ese punto de bifurcación: o se reinventa hacia un proyecto de izquierda democrática del siglo XXI, mirando el futuro de forma superadora sobre la sombra de su propio pasado; o definitivamente se encapsula como una identidad nostálgica con poder electoral significativo pero incapaz de volver a hegemonizar el sistema, si es que antes no termina por implosionar a lo interno.


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