El programa antártico argentino, otrora modelo en la región, atraviesa un prolongado letargo.
Por Jorge Berredo y Edgar Calandin */ El Clarín
En el corazón blanco del continente antártico existen zonas donde el hielo brilla con un azul translúcido. Son lugares donde el viento barre la nieve durante siglos dejando al descubierto una superficie dura, lisa y compacta.
Esos espacios, que cubren apenas el uno por ciento del territorio, se llaman áreas de hielo azul. Allí, donde el paisaje parece de cristal, la naturaleza ofrece algo inusual: pistas naturales para aterrizar aviones de gran porte, conocidas internacionalmente como “Blue Ice Runways” (BIR).
Su nombre puede sonar poético, pero detrás de ese brillo se esconde una enorme ventaja estratégica. Una “pista de hielo azul” es una puerta abierta hacia nuestra Antártida profunda, un punto donde la ciencia, la logística y la soberanía se tocan. En un continente donde los títulos jurídicos se relativizan y la presencia efectiva lo es todo, cada pista, cada base y cada corredor aéreo se convierten en símbolos concretos de poder nacional.
En la Antártida, la soberanía no se proclama: se ejerce. La infraestructura es más que un soporte; es la herramienta que transforma el derecho en acción. Y en geopolítica, la inacción es perdida de capital. El programa antártico argentino, otrora modelo en la región, atraviesa un prolongado letargo. Persiste el orgullo por lo que fuimos y el anhelo de lo que podríamos ser, pero la ejecución real es limitada. Esa brecha entre discurso y hechos erosiona credibilidad y debilita nuestros reclamos soberanos.
Llegar al continente con eficiencia requiere optimizar lo que tenemos y dar el salto hacia las “pistas de hielo azul”. Sin embargo, aún pesan inercias y disputas que distraen del objetivo central: reconstruir la capacidad de presencia. La causa antártica argentina se volvió una rutina más que un proyecto nacional. Recuperar dinamismo implica concebir la infraestructura a modo de una red donde confluye ciencia, defensa y sector privado. La Antártida es, más que nunca, un “laboratorio de soberanía”: quien controla sus flujos controla su narrativa. Las BIR, en ese contexto, son nodos de poder efectivo.
La reciente adquisición privada de una aeronave Basler BT-67 abre una oportunidad inédita. Una alianza inteligente entre el sector público y el privado permitiría disponer de “pistas de hielo azul” operativas al sur de los 80°S, un hito que situaría a la Argentina entre los actores más relevantes del Sistema del Tratado Antártico. Países como Reino Unido, Estados Unidos, Noruega, Australia, Rusia, Chile —y pronto Italia— lo han comprendido: las BIR multiplican presencia, reducen limitaciones logísticas y minimizan el impacto ambiental. Operar con ellas pondría a nuestro país en igualdad de condiciones, fortaleciendo el ejercicio soberano y potenciando la investigación climática en la meseta polar.
Belgrano II (78°S), ofrece una posición estratégica para conectar los suministros marítimos con la aviación polar. Desde allí, una BIR en los 80° S permitiría articular rutas con el sistema DROMLAN (Dronning Maud Land Air Network, red internacional de vuelos y apoyo logístico que une las bases de varios países en la Antártida oriental, coordinando transporte y suministros científicos) o hacia el mar de Ross, uniendo la Península con la Antártida Oriental. Sería un salto logístico de enorme valor geoestratégico, capaz de ampliar cooperación científica y autonomía nacional.
El actual esquema bicéfalo del Programa Antártico —dividido entre Cancillería y Defensa— diluye responsabilidades y posterga decisiones. Rediseñarlo bajo una conducción integrada permitiría proyectar una política acorde a nuestra historia y ambición. Hace falta voluntad y gestión para evitar que otros, como el Reino Unido, llenen los vacíos que dejamos.
Ser un Estado polar no es una etiqueta simbólica: implica fortaleza logística, científica y económica, y la capacidad de brindar servicios exclusivos en un entorno extremo. Argentina debe asumir esa condición, extendiendo su presencia hacia la Antártida profunda mediante una red integrada de bases, corredores y “pistas de hielo azul”. La infraestructura se convierte así en política de Estado y el aprovechamiento de la geografía, en anticipo estratégico.
En el escenario actual, donde el Sistema del Tratado limita las expresiones clásicas de soberanía, la verdadera medida del poder es la autonomía. Ser autónomo significa sostener operaciones sin depender estructuralmente de terceros. Es proyectar capacidades propias, sostener continuidad y presencia efectiva en un territorio extremo y sensible. La autonomía no reemplaza la soberanía: la actualiza. Lograrla en el dominio logístico que representan las BIR no es un desafío técnico, sino una decisión estratégica de primer orden.
Bajo esta visión, Ushuaia podría consolidarse como cabecera y eje del sistema científico-logístico, enlazándose con un “hub madre multimodal” en Petrel a través de una ruta aérea intercontinental. Desde allí se podrían proyectar vuelos hacia el casquete polar mediante una troncal intraantártica que recalaría en un “nodo interior BIR”, en los 80° S, irradiando ramas capilares sobre refugios y campamentos en torno a una red de “pistas de hielo azul” y aeronaves capaces de despegar y aterrizar en distancias muy cortas. Este tipo de arquitectura facilitaría una presencia continua en la Antártida profunda, de ribetes singulares.
Mirando hacia 2040, la consolidación del eje “Ushuaia – Petrel – Belgrano II – Pistas de Hielo Azul 80°S” afirmaría a la Argentina como actor polar de referencia. Integrar ciencia, defensa, conectividad y sustentabilidad bajo una política antártica de Estado no es solo una meta operativa, es una afirmación geopolítica de destino. Ser un país polar es más que ocupar un punto en el mapa: es mantener viva la idea de Nación en el confín del mundo.
* Generales retirados Jorge Berredo, ex Comandante Operacional de las FFAA y Edgar Calandin, ex Comandante Conjunto Antártico.


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