Los éxitos y fracasos de Zohran Mamdani determinarán la opinión del conjunto de ciudadanos de Estados Unidos sobre la viabilidad de un programa socialista y sobre la capacidad de los socialistas para llevarlo a cabo.
Por Patrick Iber
«El socialismo es el nombre de nuestro deseo», afirmaron los fundadores de la Revista Dissent en 1954. Era una exigencia ética y moral, una brújula más que un mapa. Era una «visión», escribieron, «que da urgencia a… la crítica de la condición humana en nuestro tiempo».
Uno de los objetivos de Dissent era rescatar la idea del socialismo de las manos de aquellos que la reivindicaban con fines autoritarios. Y eso apunta a un problema con nuestro vocabulario. En todo el mundo, unos pocos conceptos generales definen las orientaciones políticas: liberalismo, socialismo, capitalismo. Pero cada una de estas categorías contiene múltiples significados, incluidos algunos que son contradictorios entre sí. Por supuesto, hay luchas entre bandos ideológicos, pero también hay luchas dentro de estos sobre cómo definir estas categorías para el público. La forma en que la gente entiende el significado de las palabras políticas deriva, por desgracia, menos del trabajo de las revistas intelectuales y más de las experiencias con los políticos que las reivindican.
Esto nos lleva a la notable victoria electoral de Zohran Mamdani en Nueva York. En una ronda relámpago de preguntas antes de su elección, el presentador de MSNBC Ari Melber le pidió a Mamdani que completara la frase: «Soy un socialista democrático porque…». Mamdani respondió rápidamente: «Creo en la dignidad de todas las personas». Su facilidad con los medios de comunicación modernos y su papel como máxima autoridad municipal de una gran ciudad estadounidense le dan la oportunidad de definir el significado del socialismo para las nuevas generaciones.
Mamdani se enfrenta a un triple reto a la hora de transmitir esta definición al público. En primer lugar, debe demostrar que el socialismo democrático es una tradición noble; en segundo lugar, que pertenecer a ella le distingue de otros actores de la escena política; y, en tercer lugar, que se trata de una categoría política perfectamente normal, lógica y coherente. En muchos otros lugares del mundo, los socialistas participan en la política democrática sin alboroto. Incluso Estados Unidos ha tenido figuras socialistas ampliamente veneradas, como Helen Keller y Martin Luther King Jr., aunque en la enseñanza escolar suele presentárselos como defensores de otras causas consideradas más aceptables. Por razones tanto de cultura política -una identificación del «americanismo» con el antirradicalismo- como de estructura política -un sistema en el que las personas defensoras de políticas socialdemócratas están «ocultas» en el ala izquierda del Partido Demócrata-, el significado de la tradición socialista como vehículo para la política de masas en Estados Unidos se mantiene opaco.
Estamos acostumbrados a que los republicanos caractericen el socialismo como antiamericano, pero muchos demócratas también están preocupados por lo que significaría para su partido estar asociado con figuras públicas populares y carísmáticas identificadas como socialistas. Sería bueno que al menos reconocieran que el éxito de los políticos socialistas trae consigo tanto oportunidades como desafíos. Si bien es cierto que hay muchos votantes, incluido personas refugiadas que provienen de países cuyos gobiernos autoritarios se autodefinen como socialistas, para quienes el término está permanentemente mancillado; también lo es, que hay muchos electores que identifican el socialismo con Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y Mamdani. Para ellos, esto les ofrece una identidad organizativa fuera del liberalismo dominante, incluso cuando los socialistas democráticos aceptan y tratan de mejorar las instituciones políticas liberales, lo cual es importante porque el liberalismo se percibe a menudo como una ideología del establishment. Filosóficamente, un liberal debería estar comprometido con la «dignidad de todas las personas», hecho que los convierte en socios de coalición. Pero los liberales, en su gestión de poder, a menudo se han distanciado de dicho principio. Sanders, AOC y Mamdani transmiten al electorado estadounidense que su prioridad es defender a los trabajadores, y no los intereses de un partido en sí mismo. Eso puede llegar a ser un potente activo político.
Hasta ahora, los socialistas insurgentes han tenido la ventaja de contrastar sus programas teóricos con el liberalismo realmente existente. Pero con la llegada de Mamdani al poder, los votantes podrán juzgar también los méritos del socialismo democrático llevado a la práctica en Estados Unidos. Sus fracasos y éxitos determinarán la opinión de la población sobre la viabilidad de dicho programa socialista y sobre la capacidad de quienes se identifican como socialistas para llevarlo a cabo.


Be the first to comment